Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará. No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea de libro es encontra…
Cuando termino una obra, siento mucha pena. Me hace gracia que a veces en las películas de Hollywood se ven los escritores eufóricos abriendo una botella de champaña y saliendo a la calle a celebrar que han terminado. Yo me siento como si me quedara sin casa, una sensación como de desahucio, porque creo que al escribir, una novela es un poco mi casa, le da sentido a mi vida. Me levanto todas las mañanas, me voy al ordenador y vivo una serie de horas en esa casa. Tengo una vida paralela esperándome en la que me zambullo y mientras escribo llevo adelante dos vidas a la vez. Cuando estoy escribiendo, lo ideal es ni siquiera salir a la calle para poder estar cociéndome en mi cabeza todo el tiempo. Es una sensación de estar en dos partes a la vez. Terminar una obra es esa sensación de estar debajo de un puente.
Soy muy pesada, pesadísima. Releo continuamente, no lo puedo evitar. Creo que incluso me perjudica releer tanto. Me pasa una cosa muy graciosa. Al principio me daba cuenta que me gustaban mucho más los finales de mis novelas que los principios; es que escribo mejor pensaba, hasta que me di cuenta que me aburro porque lo he leído tantas veces. Me gustan los finales porque no me los sé de memoria. Después que termino releo y corrijo mucho, la dejo tres meses en el congelador y luego vuelvo a leer. Sólo después de todo ese proceso la entrego oficialmente. Me cuesta mucho trabajo soltarla.
Todo el año es invierno junto a ti, Rey Midas de la nieve. Huyó la golondrina escondida en el pelo. La lengua no produjo más ríos atravesando catedrales ni eucaliptos en las torres. Huyó por la rendija la ola azul en cuyo centro se mecía la paloma.
El cielo blanco bajó para ahogar a los árboles. El lecho es el glaciar que devora los sueños. Surgió el puñal de hielo para cercenar minuciosamente la pequeña belleza que defiendo.
El sol se aleja cada día más de mi órbita. Sólo hay invierno junto a ti, amigo.
Dostoievski me cambió. El idiota, los demonios, los hermanos Karamazov, el jugador. Me puso del revés como un guante. Entendí que podía respirar, podía ver horizontes invisibles. El odio hacia mi padre se desvaneció. Amaba a mi padre, pobre desgraciado sufriente y perseguido. También amaba a mi madre y a toda mi familia. Era hora de hacerse hombre, de dejar San Elmo y salir al mundo. Quería pensar y sentir como Dostoievski. Yo quería escribir.
Un país que destruye la Escuela Pública nunca lo hace por dinero, porque falten recursos o su costo sea excesivo. Un país que desmonta la Educación, las Artes o las Culturas, está ya gobernado por aquellos que sólo tienen algo que perder con la difusión del saber.
Queridos lectores, Casi todos los libros tienen la misma arquitectura -tapa, lomo, páginas-, pero al abrirlos aparecen mundos más allá del papel y la tinta. En su interior están todas las formas y en eso radica su poder. Algunos libros son herramientas que se usan para arreglar cosas, desde las más prácticas a las más misteriosas, desde tu casa a tu corazón. O para hacer cosas, desde pasteles a barcos. Algunos libros son alas. Algunos son caballos que corren con ustedes montados. Algunos son fiestas a las que te invitan, llenas de amigos que están allí incluso cuando tú no tienes amigos. En algunos libros conoces a una persona extraordinaria; en otros, a todo un grupo o incluso a una cultura. Algunos libros son medicinas, amargas pero clarificadoras. Algunos libros son rompecabezas, laberintos, marañas, junglas. Algunos libros son viajes y al final no serás la misma persona que al principio. Algunos son luces con los que puedes iluminar casi cualquier cosa. Los libros de mi infancia eran ladrillos. Los apilé a mi alrededor como protección y me retiré dentro de sus almenas, construyendo una torre en la que escapé de infelices circunstancias. Allí viví muchos años, amando los libros, refugiándome en ellos, aprendiendo qué significa ser humano. Y crecí para escribir libros, como esperaba. Cada libro es un regalo que un escritor hace a desconocidos, un obsequio que he dado unas cuantas veces y que he recibido muchas más.
Rebecca Solnit
(Carta de Rebecca Solnit sobre el amor a los libros).
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)