El ala derecha (Cegador III), de Mircea Cărtărescu

Ya comenté en las reseñas de El ala izquierda (1996) y de El cuerpo (2002), de Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956), que me había apetecido leer en el verano de 2025 las 1.500 páginas de su trilogía Cegador. He llegado ya al fin de la tercera parte, que comentaré en esta reseña, y haré aquí…

Origen: El ala derecha (Cegador III), de Mircea Cărtărescu – Zenda

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Podcast. La píldora de Leila Guerriero. «En el nombre de ellos»

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Jon Fosse. La oscuridad es la que protege la luz, por Gema Monlleó

Septología, de Jon Fosse (De Conatus) Traducido por Cristina Gómez-Baggethun y Kirsti Baggethun | por Gema Monlleó “afuera algo blanco, bajo la lluvia. El pensamiento en cuclillas, anillos de humo en torno al pensamiento. Y el cuerpo llovizna. Rojo”  Si Dostoievski hubiera nacido en Noruega se hubiese llamado Jon Fosse. De todos es sabido que el […]

Origen: Jon Fosse. La oscuridad es la que protege la luz, por Gema Monlleó – Détour

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Lectura: ‘Lo que queda de luz’, de Tessa Hadley

Tessa Hadley

Crítica de ‘Lo que queda de luz’: artificios para sobrevivir

Con alguna displicencia, un crítico británico adjetivó en su día de «bajo octanaje» las novelas de Tessa Hadley (Brístol, Reino Unido, 1956) por los escenarios que suele frecuentar en ellas; esto es, la clase media de blancos acomodados y edad madura, con su aburrimiento, renuncias e hijos crecidos, con sus…

 Origen: Crítica de ‘Lo que queda de luz’: artificios para sobrevivir


Textos

Escuchaban música cuando sonó el teléfono. Eran las nueve de una noche de verano, habían terminado de cenar y Christine atendía con concentración, sentada sobre sus pies en la butaca; reconocía la música, pero no registraba el nombre del compositor. Alex había elegido la pieza sin consultarla y Christine se negaba obstinadamente a preguntárselo: a Alex le gustaba demasiado saber lo que ella no sabía. Estaba echado en el sofá del ventanal con un libro abierto en la mano, sin leer, el libro caído sobre el pecho porque en realidad miraba el cielo. Su piso ocupaba la primera planta del edificio y la ventana de la sala daba a una calle amplia, flanqueada por plátanos.


Los reservados silencios de Alex cuando estaba con sus amigos no dañaban su reputación como el más excéntrico y dotado de ellos, y cuando se decidió a hablar era original, enérgico y divertido. Los otros se inspiraron en sus opiniones. El uso peculiar que Alex hacía del lenguaje quizás fuera el último vestigio de su condición de extranjero: su charla era sustancial, como sus poemas, y le gustaba el lenguaje llano, el vocabulario de la vida cotidiana. Sin embargo, sabía tanto, lo había leído todo. Leía de noche, y sus amigos se preguntaban si dormía. Le concedieron autoridad y competían por su aprobación, por el cálido resplandor de sus respuestas.


Se había llevado libros de arte de su casa sin decírselo a su madre, los guardaba debajo de la cama y disfrutaba estudiándolos en secreto: el llameante cabello naranja de las mujeres de Degas, la ferocidad de sus líneas negras, la sublime modernidad de un encuadre que corta las figuras, los ángulos rasgados de los codos, sus composiciones que atravesaban espacios vacíos. Era desgarrador, humillante, pasar de aquello a sus estúpidos esfuerzos. Y, sin embargo, el roce de la plumilla en la cera negra le parecía tan íntimo como el respirar y llenaba la habitación. Volvía a la irresponsable concentración de su infancia, cuando se acostaba boca abajo en el suelo de su habitación y se inventaba todo un universo alternativo, una isla con montañas, una ciudad con su propia historia y fragmentos de un lenguaje ficticio. Todavía recordaba letras de su alfabeto secreto.


Ya de niña había adquirido la costumbre de pensar en sus cosas mientras su madre hablaba, sin seguir sus palabras, dejando sólo que su tono la envolviese, familiar y reconfortante como una manta.


Su mujer parecía dos personas distintas, según se encontraban en movimiento o en reposo. Cuando estaba a solas con él, sumida en sus pensamientos –su boca oscura y alargada, con un hueco pronunciado bajo el labio inferior, cerrado por discreción o incertidumbre, como si se guardara algo–, era atractiva, insondable. Pero en compañía de otras personas hablaba con demasiado entusiasmo y agitaba las manos con esa torpeza tan típica de las inglesas cultas de su clase y de su generación.


El matrimonio simplemente significaba aferrarse al otro durante la sucesión de metamorfosis. O no conseguirlo.


Christine y Alex estaban sentados en la sala en penumbra, la misma donde unos meses antes ella le había dado la noticia de la muerte de Zachary. Distanciados, pero con naturalidad, Christine ocupaba su butaca de siempre y Alex estaba en el sofá con la cabeza inclinada y las manos apretadas entre las rodillas. Era la primera vez, desde la partida de Alex, que eran capaces de hablar razonablemente y sin recriminaciones o, como ocurría entonces, estar sentados sin hablar. Era otoño y en el interior del piso se notaba la humedad y el olor a hojas enmohecidas.

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‘Un largo camino’, de Gurnah: el Nobel explora las heridas del colonialismo en una novela conmovedora

Abdulrazak Gurnah. Foto: Archivo.

El escritor tanzano entrelaza las vidas de tres jóvenes en la Zanzíbar de los años noventa, mostrando cómo la amistad y el amor resisten el dolor y la exclusión.Más información: Abdulrazak Gurnah: «Desde que gané el Nobel, escribo con más compostura y menos ansiedad»

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Poetas. Jacques Rancière

Hay personas a las que llamamos poetas porque hacen poemas, del mismo modo que llamamos a las personas “estilistas” porque peinan el cabello. Pero sabemos que hay personas a las que llamamos poetas porque postulan su fabricación de poemas como la realización de una esencia de la poesía, porque asumen una postura de poeta, un programa poético y, por lo tanto, están conectados con la conciencia de una especie de misión para lograr poesía.

Jacques Rancière.

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El ritmo de la lectura, Roland Barthes

Hay una cuestión mucho más grave que, creo, debemos abordar con franqueza, porque es la que muchos lectores se plantean ante los textos de la literatura moderna: la cuestión del aburrimiento.Es cie…

Origen: El ritmo de la lectura, Roland Barthes – Calle del Orco

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La existencia de un gran escritor es un milagro. Julio Ramón Ribeyro

La existencia de un gran escritor es un milagro, el resultado de tantas convergencias fortuitas como las que concurren a la eclosión de una de esas bellezas universales que hacen soñar a toda una generación. Por cada gran escritor, ¡cuántas malas copias tiene que ensayar la naturaleza! ¡Cuántos Joyces, Kafkas, Célines ‘flous’, velados o sobrexpuestos habrán existido! Unos murieron jóvenes, otros cambiaron de oficio, otros se dedicaron a la bebida, otros se volvieron locos, otros carecieron de uno o de dos de los requisitos que los grandes artistas reúnen para elevarse sobre el nivel de la subliteratura. Falta de formación, enfermedades, pereza, carencia de estímulos, impaciencia, angustias económicas, ausencia de ambición o de tenacidad o simplemente de suerte, son como el billete de lotería prometedor al cual solo le falta el número Terminal para obtener el premio en la rifa de la gloria. Y algunos han probablemente reunido todas esas cualidades, pero faltó la circunstancia azarosa, la aparentemente insignificante (la lectura de un libro, la relación con tal amigo) capaz de servir de reactivo al compuesto químicamente perfecto y darla su verdadera coloración.

Julio Ramón Ribeyro
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Cuaderno de poemas. Geoffrey Hill

Amor, oh amor mío, vendrá
seguro. Una tormenta
se cierne sobre la tierra seca todo el día.
De noche los postigos retumban con el diluvio.

La metáfora aguanta; es una casa cómoda.
Tú estás afuera, perdido en algún sitio. Me sorprendo
a mí mismo devorando versos de extraña pasión
y exilio. Las palabras exactas

se alimentan de hambre vacía de ti.

Geoffrey Hill

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Ventana a YouTube. Roger Water. «Wish YouWere Here·. (Acoustic 2022)

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