Colección de citas literarias. CIV

Yo no me encuentro a mí mismo cuando más me busco. Me encuentro por sorpresa cuando menos lo espero 

Michel de Montaigne


Un poeta es un hombre que mira el mundo a través de los ojos de un niño.

Alphonse Daudet


Para soñar no hay que cerrar los ojos, hay que leer.

Michel Foucault


Creo que parte de mi amor a la vida se lo debo a mi amor a los libros.

Adolfo Bioy Casares

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Liudmila Ulítskaya: bien ruso de interés

Liudmila Ulístkaya / L. O.

La recuperación por Anagrama de su novela ‘Sinceramente suyo, Shúrik’ y el libro de relatos ‘Mentiras de mujeres’ permite ampliar el conocimiento sobre el universo literario de Ulítskaya, que es el mismo que pisaron Tolstoi, Bulgákov o Pasternak.

Origen: Liudmila Ulítskaya: bien ruso de interés – La Opinión de Málaga

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Lectura: «El asedio de Troya». Theodor Kallifatides

 Theodor Kallifatides: El asedio de Troya | El Imparcial

El escritor griego afincado en Suecia nos propone una brillante novela, que es no solo atractiva relectura de la “Ilíada” homérica, entrelaza

Origen: Theodor Kallifatides: El asedio de Troya | El Imparcial


Textos

Al día siguiente volvieron a sonar las sirenas, aunque un poco más tarde. Aquella vez, el batallón alemán estaba preparado y los cañones antiaéreos obligaron a los pilotos ingleses a mantenerse más arriba. Las bombas caían aleatoriamente y otra vez buscamos refugio en la gruta. Sin pensarlo, ocupamos los mismos puestos que la vez anterior. La Señorita nos miraba sonriente. Entrecerré el ojo izquierdo y fingi que su sonrisa iba dirigida sólo a mí. «Bueno, ¿con qué nos ponemos hoy?», preguntó para meterse con nosotros. Sabía exactamente lo que queríamos y prosiguió con la historia:


Corrí a la escuela, donde la Señorita estaba preparada para continuar con el relato sobre la otra guerra, la que libraron troyanos y griegos, que por entonces se llamaban aqueos. Justo entonces, volvieron a oírse las sirenas y el estruendo de los aviones. Corrimos hasta la gruta justo cuando las bombas empezaban a caer.


Esto no fue muy inteligente. Ulises hirió mortalmente a uno con la lanza, pero el dardo del otro le atravesó el escudo y se le clavó entre las costillas. El dolor era agudo y Ulises cayó arrodillado, al mismo tiempo que advertía que la herida no era mortal. También el atacante se dio cuenta y se giró para escapar, pero Ulises logró hicarle la lanza en la espalda de tal manera que la punta salió por el otro lado. El hombre siguió corriendo unos metros, para luego entregarse a la negra muerte. También Ulises tenía problemas. Tan sólo era cuestión de tiempo que sucumbiera, y gritó pidiendo socorro tan alto como pudo. Chilló tres veces y Menelao lo oyó pese al fragor de la batalla. Él y Áyax corrieron en su ayuda. Lo encontraron en su hora última, cuando sus fuerzas tocaban a su fin. Áyax cubrió con su enorme escudo a Menelao mientras este se llevaba a Ulises. Cuando hubo terminado, se cebó con los troyanos, acabó con todo aquello que se interponía en su camino, hombres y caballos, y los demás huyeron atemorizados.


Habían asesinado al coronel alemán en una emboscada, no muy lejos del pueblo, junto a un puente viejo —⁠muy viejo⁠— que salvaba el torrente. El lugar era ideal. El puente era tan estrecho que el descapotable del coronel tuvo que aminorar considerablemente la marcha. A él ya su chófer los mataron al instante. Sus escoltas reaccionaron de inmediato. Se había visto en situaciones parecidas. Dispararon a dos miembros de la resistencia, y un tercero logró escaparse.


A lo lejos vieron a los ejércitos abalanzarse uno contra otro bajo la temprana luz del día. El polvo se arremolinaba, los caballos relinchaban, la infantería gritaba. Aquiles iba al frente de todos los aqueos, ansioso por vengar la muerte de Patroclo. Héctor se mantenía entre los suyos. El instante en que ambos ejércitos se atacaron fue espantoso. El aire se llenó de ruido. Metal contra metal, hombre contra hombre, vida contra vida.


Ambos ofrecían un espectáculo soberbio. Héctor con sus oscuros rizos y sus apasionados ojos negros como el carbón, Aquiles con su largo cabello claro y los ojos amarillos como los de un gato. Erguidos, de anchas espaldas y estrechas caderas. Si al dios del arco le quedaba algo de razón en el cerebro, dejaría que ambos vivieran. Pero no fue así.

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Entrevista al escritor Salman Rushdie: «El odio no es una fuerza creativa, es mejor abandonarlo»

Salman Rushdie, en un retrato reciente fotografiado por su mujer. / RACHEL ELIZA GRIFFITHS

El escritor publica ‘Cuchillo’, libro en el que narra lo vivido tras el intento de asesinato que sufrió en agosto de 2022

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El oficio de escribir. Juan Carlos Onetti

Decía Vargas LLosa que él se sentaba (a escribir) todos los días, de tal hora a tal hora, como en una oficina. Y finalmente, sin que él se ofendiera, yo le dije: Mira, Mario, lo que pasa es que tú con la literatura tienes una relación conyugal, tienes que cumplir (de tal hora a tal hora), y para mí es la relación con una amante, cuando tengo deseos de escribir, entonces escribo, locamente, absurdamente, lo que sea.

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Solo palabras. Omar Fonollosa

Omar Fonollosa
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La escritura. Annie Ernaux

Si tuviera que dar una definición de la escritura sería esta: descubrir al escribir lo que es imposible descubrir de otra manera, con palabras, viajes, espectáculos, etcétera. Ni siquiera mediante la reflexión. Descubrir algo que no estaba ahí antes de la escritura. En eso consiste el goce —y el espanto— de la escritura, no saber lo que, gracias a ella, llega, adviene.

Annie Ernaux

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Los asuntos de nuestra época son los asuntos de todas las épocas, Sylvia Plath

Los asuntos de nuestra época que me preocupan en este momento son los incalculables efectos genéticos de la radiación, y un artículo documental sobre el matrimonio terrorífico, loco, omnipotente, d…

Origen: Los asuntos de nuestra época son los asuntos de todas las épocas, Sylvia Plath – Calle del Orco

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La aparente simplicidad. Jean Cocteau

Yo escribo con aparente simplicidad, pero el lenguaje -no el contenido- es en realidad el resultado de un sesudo cálculo matemático. Con ello me refiero al trabajo de perfeccionamiento formal del texto, pues, lamentablemente, nuestros. vehículos de comunicación escrita son convenciones sujetas a determinadas normas. Que Picasso cambie de sitio un ojo para darle vida a un retrato o crear un efecto de multivisión es una cosa, pero que yo cambie de sitio una palabra para devolverle parte de su frescura es otra muy distinta, y mucho más difícil.

Jean Cocteau

Entrevista con Jean Cocteau  (“The Paris Review”. 1953-1983)

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Cuaderno de poemas. «No sé cuántas almas tengo». Fernando Pessoa


No sé cuántas almas tengo.
A cada instante cambié.
Continuamente me extraño.
Nunca me vi ni me hallé.
De tanto ser solo tengo el alma.
Quien tiene alma no tiene calma.
El que ve es solo es lo que ve,
quien siente ya no es quien es.
Atento a lo que soy y veo,
ellos me vuelvo, no yo.
Cada sueño o el deseo
no es mío si allí nació.
Yo soy mi propio paisaje,
el que presencia su paisaje,
diverso, móvil y solo,
no sé sentirme yo donde estoy.
Así, ajeno, voy leyendo,
como páginas, mi ser,
sin prever eso que sigue
ni recordar el ayer.
Anoto en lo que leí
lo que creí que sentí.
Releo y digo: «¿Fui yo?»
Dios lo sabe, porque lo escribió.

Fernando Pessoa
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