Había, en verdad, en el voraz universalismo del alma de Stevenson, un auténtico amor por los objetos inanimados como no se ha conocido desde que San Francisco hablara de su hermano sol y de su herm…
La única manera de comunicarme con el escritor que hay en mí es a través de la libación solitaria. Al cabo de unas copas, él emerge. Y escucho su voz, una voz un poco monocorde, pero continua, por momentos imperiosa. Yo la registro y trato de retenerla hasta que se va volviendo cada vez más borrosa, desordenada, y termina por desaparecer cuando yo mismo me ahogo en un mar de náuseas, de tabaco y de bruma. ¡Pobre doble mío, a qué pozo terrible lo he relegado, que sólo puedo tan esporádicamente, y a costa de tanto mal, entreverlo! Hundido en mí como una semilla muerta, quizás recuerde las épocas felices en que cohabitábamos, más aún, en que éramos el mismo y no había distancias que salvar ni vino que beber para tenerlo constantemente presente.
Zamira ama los lobos. Yo quisiera ir con ella a buscarlos a las tierras más altas, donde los robledales rojos de Sotillo han perdido sus hojas en las fuentes, allá donde los caballos beben el agua helada de los caballos y se espera la nieve como una bendición.
Tú y yo estamos en este hospital esperando a la muerte. No la muerte tuya ni la muerte mía, sino la de aquellos que nos dieron la vida. Y éstos ¿a quiénes pasarán cuando mueran sus muertes? Tú y yo esperando el final, el vacío del límite, mientras la vida tiembla y brilla entre nosotros como un cuchillo inocente. Y es que, esperando la muerte de los otros, esperamos, un poco, la muerte nuestra.
Quizá por ello Zamira ama los lobos. Quizá, por ello, yo deseo también salir a buscarlos con ella este mes de diciembre, a los páramos altos, a los prados remotos. Y podríamos ver los espinos, y las brasas de sangre del sol en mimbrales morados. Puesta ya en nuestros ojos la venda de la nieve, que no pensemos más, que ya no nos deslumbre el acre resplandor de los quirófanos.
Zamira ama los lobos, quiere escapar del laberinto de piedra y cristal del dolor. Zamira: partamos y no regresemos.
Retrato promocional del autor Victor Heringer. SEXTO PISO
La segunda novela del brasileño, fallecido en 2018 a los 29 años, es un tratado sobre el odio y la ternura, una novela de aprendizaje con tintes ‘noir’ durante la dictadura militar
Sé que un día llegué a París, sé que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo los que otros ven. sé que salías de un café de la rue du Cherche-Midi y que nos hablamos. Esa tarde todo anduvo mal, porque mis costumbres argentinas me prohibían cruzar continuamente de una vereda a la otra para mirar las cosas más insignificantes en las vitrinas apenas iluminadas de unas calles que ya ni recuerdo. Entonces te seguía de mala gana, encontrándote petulante y malcriada, hasta que te cansaste de no estar cansada y nos metimos en un café del Boul’Mich’ y de golpe, entre dos medialunas, me contaste un gran pedazo de tu vida.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)