Una vez, hace muchos años, me senté, sin duda bastante triste, en la ladera del Laurenziberg, y me puse a examinar lo que esperaba de la vida. El deseo más importante o más atractivo resultó ser el de obtener una visión de la vida (y condición indispensable poder convencer de ella a los demás por escrito) en la que la existencia mantuviese sus altibajos naturales, pero al mismo tiempo apareciera, con no menor claridad, como una nada, como un sueño, como algo flotante.
Un libro recopila las entrevistas que José-Miguel Ullán realizó durante la Transición en RTVE a personajes como Roland Barthes, Margerite Duras y Octavio Paz.
‘MANIAC’, de Benjamín Labatut: el fuego de Prometeo – El Periódico
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En la madrugada del 25 de septiembre de 1933, el físico austriaco Paul Ehrenfest entró en el Instituto Pedagógico del profesor Jan Waterink para niños discapacitados en Ámsterdam, le disparó a Vassily, su hijo de catorce años, y luego se pegó un tiro en la cabeza.
Así que un alienígena había aterrizado entre nosotros, un verdadero niño prodigio, y nadie en la escuela podía dejar de hablar de él, por supuesto. Decían que había aprendido a leer antes de cumplir los dos años; que sabía hablar alemán, inglés, francés, latín y griego antiguo; que a los seis años ya era capaz de dividir, mentalmente, dos números de ocho dígitos, y que un verano, muerto de aburrimiento después de que su padre lo dejara encerrado en la biblioteca familiar por haberle prendido fuego al cabello de su profesor de esgrima. , se aprendió de memoria los cuarenta y cinco tomos de la historia general de Wilhelm Oncken. Aunque todo aquello resultó ser cierto, sin embargo, la primera vez que lo vi no pude contener mi engaño.
Un pequeño y sucio secreto que casi todos compartimos, pero que prácticamente nadie se atreve a confesar en voz alta, es que lo que nos atrajo de forma irremediable, lo que nos convenció de fabricar esas armas, no fue el deseo de poder, o el ansia de fama, dinero o gloria, sino el goce indescriptible de llevar a cabo esa ciencia, una emoción que bordeaba el éxtasis. Fue irresistible. Los niveles de presión y temperatura creados por la reacción en cadena, la colosal liberación de energía, esa física tan extraña y esotérica… no se parecían a nada que hubiésemos presenciado antes.
Pero yo he advertido cosas que insinúan una realidad salvaje que la lógica no puede domar, y que se ríe de los venerables principios que los científicos sostienen contra sus pechos con tanta fuerza para resguardar sus cobardes corazones: la vida digital. No es algo venidero; ya está aquí, entre nosotros. Presente, pero bajo una máscara que oculta su rostro verdadero. Es una fuerza que florece, un atractor extraño que ha germinado en algún lugar del futuro y que nos tironea con brazos tan grandes como para llegar a ser invisibles, manos ciclópeas que un día, tal vez, con el largo paso del tiempo, puedan crecer. hasta abarcar el universo completo. Las criaturas que yo imaginé están evolucionando más rápido que cualquier sistema biológico. Tan bellas como inevitables. Lo he sacrificado todo por ese nacimiento y he mantenido la fe en aquello que está destinado a reemplazar nuestra carne, aunque yo habré muerto mucho antes de que llegue su primavera.
Cerca de la medianoche del 15 de julio de 1958, Julian Bigelow llegó al Instituto de Estudios Avanzados, bajó las escaleras que conducían a la MANIAC, se presionó contra el muro para alcanzar la parte trasera de la computadora, y apagó su control maestro. Tomó la gruesa maraña de cables que la conectaba a la red eléctrica del edificio como si fuese un gigantesco cordón umbilical y tiró de ella hasta desenchufarla; en un instante, los filamentos se apagaron, el fosfeno destello de sus cátodos se disipó, los tubos de vacío –que habían preservado las memorias de la MANIAC en trazos evanescentes de energía electroestática– perdieron su carga, y la chispa de la vida se extinguió en sus circuitos.
Este es un paisaje interior. Está adentro. Es privado. Respeta la privacidad del material. Estos textos fueron escritos en silencio. Expresarlos en público implica coraje; debes tener la disciplina para no deshonrarlos. Permite que la audiencia sienta tu amor por la privacidad pese a que no hay privacidad. El poema no es un eslogan. No puede hacerte publicidad. No puede promocionar tu sensibilidad. No eres un semental. No eres una mujer fatal. Toda esa basura de los forajidos del amor. Eres estudiante de la disciplina. No actúes las palabras; cuando lo haces, las marchitas, las matas, y lo único que perdura es tu ambición…
Las palabras que van a surgir saben acerca de nosotros lo que nosotros ignoramos de ellas. Por un momento seremos la tripulación de esta flota formada por unidades reacias, y durante el tiempo de u…
Cuando uno termina de escribir y releer algo, siempre tiene la tentación de cambiarlo, mejorarlo, eliminar el veneno, pulir las aristas. El escritor normalmente prefiere las semejanzas en su trabajo, que esté en armonía con lo que ha leído.Pero ahí, por supuesto, no es donde hay que buscar su originalidad
Jean Cocteau
Entrevista con Jean Cocteau (“The Paris Review”. 1953-1983)
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)