Una de las características de un clásico es ir mucho más allá de la buena escritura, que no es otra cosa que una cierta corrección gramatical. Colocar las palabras adecuadas en el lugar adecuado es…
Cuando empiezo a escribir no estoy segura, casi nunca, de la extensión que va a tener el resultado. No tomo mi pluma y la pongo sobre el papel pensando “este es el principio de un cuento” o “será una novela”. Es el principio de una historia y, como tal, es el umbral que se cruza. Como el proverbial espejo o la conejera de la Alicia de Carroll. Lo atraviesa una sin tener un mapa, simplemente se deja llevar. Cada historia tiene la extensión que necesita. Puede ser un relato de un párrafo, de una página o de dos. Escribir relatos del modo más básico, desprovistos de adornos, se ha puesto de moda, aunque yo había tratado de experimentar con ello en The assignation (1988), que escribí con un estilo muy directo y de extensiones muy breves. También puede ser que una idea, una imagen, dé para un cuento de diez páginas. O un relato de treinta. Si pasas la frontera de las cien, has llegado a lo que se conoce como la novella y cuando llevas más de cien mil palabras es que lo que querías contar era una novela. Es la historia la que decide cada vez que escribes. A mí me gustan ambas formas de narrar.
Lo terrible es el borde, no el abismo. En el borde hay un ángel de luz del lado izquierdo, un largo río oscuro del derecho y un estruendo de trenes que abandonan los rieles y van hacia el silencio.
Todo cuanto tiembla en el borde es nacimiento. Y sólo desde el borde se ve la luz primera el blanco -blanco que nos crece en el pecho.
Nunca somos más hombres que cuando el borde quema nuestras plantas desnudas. Nunca estamos más solos. Nunca somos más huérfanos.
"Así estamos. De las camisetas con la leyenda 'Hagamos el amor y no la guerra' a los patos en la cabeza. Y nadie sabe a dónde va nadie, ni por qué". Patos en la cabeza https://t.co/IYO6907vxh vía @La_SER
«La forma surge de la cosa misma. No son formas que vengan de otro lugar sino que están ahí dentro. Tienes que jugar un poco hasta que encuentras la forma, y a partir de ahí sólo te resta seguirla».
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)