Las novelas como ventanas y espejos. Barbara Kingsolver

Compras un libro para tomarte un respiro, no para que te den una lección. Pienso en las novelas como ventanas y espejos. Cuando eres pequeño te permiten ver lo que pasa afuera, y cuando creces, ves en ellos un reflejo de lo que sientes. Yo aspiro a que la gente que lea mis libros vea otro mundo y sienta compasión.

Barbara Kingsolver

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Anoche bebí demasiado, Alejandra Pizarnik

Anoche bebí demasiado porque comí con unos idiotas, unos arquitectos —con sus mujercitas— que hablaban de aviones y del servicio militar en todos los países del mundo. Eran muchachos de veinticuatr…

Origen: Anoche bebí demasiado, Alejandra Pizarnik – Calle del Orco

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Despedida, de Gabriel García Márquez a Julio Cortázar

Desde el primer momento, a fines del otoño triste de 1956, en un café de París con nombre inglés, adonde él solía ir de vez en cuando a escribir en una mesa del rincón, como Jean-Paul Sartre lo hacía a trescientos metros de allí, en un cuaderno de escolar y con una pluma fuente de tinta legítima que manchaba los dedos.

Yo había leído Bestiario, su primer libro de cuentos, en un hotel de lance de Barranquilla donde dormía por un peso con cincuenta centavos, entre peloteros mal pagados y putas felices, y desde la primera página me di cuenta de que aquel era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande.

Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del Boulevard Saint-Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición.

Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón.

Años después, cuando ya éramos amigos, creí volver a verlo como lo vi aquel día, pues me parece que se recreó a sí mismo en uno de sus cuentos mejor acabados —«El otro cielo»—, en el personaje de un latinoamericano sin nombre que asistía de puro curioso a las ejecuciones en la guillotina.

Como si lo hubiera hecho frente a un espejo, Cortázar lo describió así: «Tenía una expresión distante y a la vez curiosamente fija, la cara de alguien que se ha inmovilizado en un momento de su sueño y rehúsa dar el paso que lo devolverá a la vigilia». Su personaje andaba envuelto en una hopalanda negra y larga, como el abrigo del propio Cortázar cuando lo vi por primera vez, pero el narrador no se atrevía a acercársele para preguntarle su origen, por temor a la fría cólera con que él mismo hubiera recibido una interpelación semejante.

Lo raro es que yo tampoco me había atrevido a acercarme a Cortázar aquella tarde del Old Navy, y por el mismo temor.

Lo vi escribir durante más de una hora, sin una pausa para pensar, sin tomar nada más que medio vaso de agua mineral, hasta que empezó a oscurecer en la calle y guardó la pluma en el bolsillo y salió con el cuaderno debajo del brazo como el escolar más alto y más flaco del mundo.

En las muchas veces que nos vimos años después, lo único que había cambiado en él era la barba densa y oscura, pues hasta hace apenas dos semanas parecía cierta la leyenda de que era inmortal, porque nunca había dejado de crecer y se mantuvo siempre en la misma edad con que había nacido. Nunca me atreví a preguntarle si era verdad, como tampoco le conté que en el otoño triste de 1956 lo había visto, sin atreverme a decirle nada, en su rincón del Old Navy, y sé que dondequiera que esté ahora estará mentándome la madre por mi timidez.

Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción. Fue, tal vez sin proponérselo, el argentino que se hizo querer de todo el mundo.

Sin embargo, me atrevo a pensar que si los muertos se mueren, Cortázar debe estarse muriendo otra vez de vergüenza por la consternación mundial que ha causado su muerte.

Nadie le temía más que él, ni en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los fastos funerarios. Más aún: siempre pensé que la muerte misma le parecía indecente.

En alguna parte de La vuelta al día en ochenta mundos un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse. Por eso, porque lo conocí y lo quise tanto, me resisto a participar en los lamentos y elegías por Julio Cortázar.

Prefiero seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido, y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo.

Gabriel García Márquez

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Cuaderno de poemas. «Duermes como la noche duerme». Antonio Colinas

DUERMES COMO LA NOCHE DUERME
 
Duermes como la noche duerme,
con silencio y estrellas.
Y con sombras también.
Como los montes sienten
el peso de la noche,
así hoy sientes tú esos pesares
que el tiempo nos destina:
suavemente y en paz.

 
Duermes como la noche duerme,
pero aquí estás abrazando en la almohada
(en negra noche)
toda la luz del mundo.
Yo pienso que la noche,
como la vida, oculta
miserias y terrores,
mas tu duermes a salvo
pues en el pecho llevas una hoguera de oro:
la del amor que enciende más amor.

 
Duermes, como noche duerme,
mientras irán girando los planetas
despacio, muy despacio,
encima de tus ojos.
Reposas en lo blanco
como en lo blanco cae en paz la nieve.
Duermes como la noche duerme
en el rostro sereno de esa niña
que todavía ignora
aquel dolor que habrá que recibir
cuando sea mujer.

 
Duermes como la noche duerme
reposando en la nieve de tu piel y tu vida.
Te veo rodeada
de un resplandor de llamas:
las del amor que enciende más amor.
El que te salvará,
El que nos salvará.

Antonio Colinas

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Ventana a YouTube. Woodstock 1994 Highlights – Dreams – The Cranberries

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Entrevista al escritor Agustín Fernández Mallo

El escritor Agustín Fernández Mallo, fotografiado en Barcelona. / JORDI COTRINA

Entrevista al escritor Agustín Fernández Mallo: «Hace ya bastantes años que el argumento de autoridad es lo emocional» | El Periódico de España

A raíz de la muerte de su padre, el autor se situó ante un abismo existencial que le llevó a escribir ‘Madre de corazón atómico’, un libro sobre la identidad, personal, familiar, y acerca de ese duelo que «se asume pero nunca se acaba»

Origen: LIBROS | Entrevista al escritor Agustín Fernández Mallo: «Hace ya bastantes años que el argumento de autoridad es lo emocional» | El Periódico de España

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CCL

Biblioteca de Nueva York. En Queens
Biblioteca móvil
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Crítica: «El niño». Fernando Aramburu

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El Vieco cortaziano CIX

Sé que un día llegué a París, sé que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo los que otros ven. sé que salías de un café de la rue du Cherche-Midi y que nos hablamos. Esa tarde todo anduvo mal, porque mis costumbres argentinas me prohibían cruzar continuamente de una vereda a la otra para mirar las cosas más insignificantes en las vitrinas apenas iluminadas de unas calles que ya ni recuerdo. Entonces te seguía de mala gana, encontrándote petulante y malcriada, hasta que te cansaste de no estar cansada y nos metimos en un café del Boul’Mich’ y de golpe, entre dos medialunas, me contaste un gran pedazo de tu vida.

Rayuela

Julio Cortázar

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Criaturas Galvánicas. Gema Monlleó

La reseña es un género literario en sí mismo. De ahí que no sea tan infrecuente que un crítico compile todas las piezas periodísticas dedicadas a analizar la obra de otros autores y las publique bajo un mismo título. Eso es precisamente lo que ha hecho Gema Monlleó con las “criaturas” que ha ido publicado a lo largo de los dos últimos años en diversos medios de naturaleza cultural.

Gema Monlleó apunta en Zenda algunas de las claves de la escritura de su obra ‘Criaturas galvánicas’, publicada por Franz.

Origen: Tentativa frankensteiniana – Zenda

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