Antes de escribir una novela, hay un largo camino que no es el de escribirla, pensarla, encontrar las imágenes, sino al revés. Las palabras para esa novela no existen porque eso que se quiere contar, es incontable. La novela empieza a fabricarse cuando se sabe que es imposible.
Sobre las dos mesas del salón del piso soleado de Luis Mateo Díez hay periódicos, telegramas, libros, muchos libros y un reloj de pared dormido a las doce y veinticinco.
El amor nunca muere de muerte natural. Muere porque no sabemos cómo reponer su fuente. Muere de ceguera, errores y traiciones. Muere de enfermedad y de heridas; muere de cansancio, de marchitamiento, de empañamiento.
A Valle-Inclán le gustaba inventar historias exageradas e inverosímiles. Cuando quedó manco, contó en una tertulia de café, que estando en su palacio de Galicia, su sirviente le comunicó preocupado que no había carne para cocinar un estofado.
Miró al sirviente, le pidió que trajera un cuchillo carnicero de la cocina, remangó su camisa y señalando su brazo dijo: «¡Corta un buen trozo de esto! En esta casa nunca va a faltar la comida».
La realidad, es que Valle-Inclán perdió su brazo durante una discusión.
Fue con el crítico Manuel Bueno en el café de la Montaña de Madrid. Bueno le propinó un bastonazo en el brazo izquierdo y el gemelo que el escritor llevaba en la manga se le incrustó, provocándole una gangrena que obligó a la amputación.
Versiones posteriores, indican que tal operación no se debió al gemelo, sino a una fractura ósea que no podía tratarse en la época.
Valle-Inclán, no guardó ningún rencor a Manuel Bueno. A la vuelta al café madrileño, le dijo: «Tranquilo, el brazo de escribir es el derecho».
En otra ocasión, en presencia de Jacinto Benavente, se jactó de su invalidez comparando su manquedad con la de Cervantes. Benavente, le tuvo que recordar que el origen de su situación no tuvo la misma nobleza: «Vamos, Ramón, que eso no fue en Lepanto».
La escritora Leila Guerriero, posa para EL PAÍS en el barrio de Las Letras, en Madrid.SAMUEL SÁNCHEZ
Viajo de manera insensata, leo de forma suicida y siento pánico, aunque también euforia (quizá no pueda darse una cosa sin la otra) cada vez que me subo a un tren o me embarco en un libro
La poesía no me pide propiamente una especialización, pues su arte es el arte del ser. Tampoco me pide tiempo o trabajo. Ni una ciencia, una estética o una teoría. Me pide toda la integridad de mi ser, una consciencia más honda de mi propia inteligencia.
En mí la lectura se propaga mediante la lectura, jamás obedezco a estímulos externos, o sólo después de mucho tiempo. Deseo descubrir lo que leo. El que me recomienda un libro me lo quita de las ma…
Volviendo a las metáforas, por ejemplo: cuando yo era joven, siempre andaba en busca de nuevas metáforas, hasta que me di cuenta de que las metáforas realmente buenas son siempre las mismas. El tiempo se compara con un sendero; la muerte, con el acto de dormir; la vida, con el de soñar. Y ésas son las grandes metáforas de la literatura, porque corresponden a algo que es esencial. Si uno inventa metáforas, pueden sorprender durante una fracción de segundo, pero no despiertan emoción alguna.
Jorge Luis Borges
Entrevista con Jorge Luis Borges (“The Paris Review”. 1953-1983)
Un acontecimiento es un olor que espera que alguien lo respire, una herida que aguarda encarnarse, el agua de un torrente inundando los poros, una mirada que cruza el aire y encuentra a alguien que le hace señas y en la seña, en ella, se reconoce.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)