Vos ves la Cruz del Sur, respirás el verano con su olor a duraznos, y caminás de noche mi pequeño fantasma silencioso por ese Buenos Aires, por ese siempre mismo Buenos Aires. Quizá la más querida. Me diste la intemperie, la leve sombra de tu mano pasando por mi cara. Me diste el frío, la distancia, el amargo café de medianoche entre mesas vacías.
Siempre empezó a llover en la mitad de la película, la flor que te llevé tenía una araña esperando entre los pétalos.
Creo que lo sabías y que favoreciste la desgracia. Siempre olvidé el paraguas antes de ir a buscarte, el restaurante estaba lleno y voceaban la guerra en las esquinas.
Fui una letra de tango para tu indiferente melodía.
1.— El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo.
2.— La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada y si es inventada real.
3.— El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.
4.— La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto mejor. Si no logra ninguno de estos efectos no existe como cuento.
5.— El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.
6.— El cuento sólo debe mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.
7.— El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, informe, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.
8.— El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.
9.— En el cuento no deben haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.
10.— El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado. La observación de este decálogo, como es de suponer, no garantiza la escritura de un buen cuento. Lo más aconsejable es transgredirlo regularmente, como yo mismo lo he hecho. O aún algo mejor: inventar un nuevo decálogo.
Estoy sentado, leyendo a un poeta. Hay muchas personas en la sala, pero no se las oye. Están en sus libros. A veces se mueven entre las hojas, como hombres que duermen y se dan vuelta entre dos sueños. ¡Ah! qué bien se está entre hombres que leen.
Eloy Tizón: “El malditismo es una carrera, es igual que una oposición” – Librujula
Tizón ha publicado “Plegarias para un pirómano”, cuentos de una narratividad exuberante conectados por la figura de Erizo, a veces protagonista y otras, comparsa; a veces en un oficio y otras, en otro. Erizo a veces pincha y a veces sufre, muta, como mutamos todos.
Luego de varios intentos fallidos, el 25 de abril de 1911, a los 48 años, Emilio Salgari se quitó la vida haciéndose el harakiri.
Antes de suicidarse, escribió tres cartas: una dirigida a sus hijos, otra a sus editores y otra a los periódicos de la ciudad.
La más elocuente de ellas, fue la dirigida a sus editores: «A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo os pido que, en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma».
En 1889, comienza una serie de desgracias en la vida de Salgari. Tras el fallecimiento de su padre, sobreviene la muerte de dos de sus hijos, todos por suicidio. Esta situación, sumado a las crecientes deudas económicas, lo llevan a él mismo a intentar suicidarse clavándose un cuchillo en el corazón.
En 1911 muere su esposa lo que lo termina de deprimir. Salgari le había anunciado en una carta: «voy a morir al Valle de San Martino… El cadáver se encontrará en uno de los barrancos que conocen, porque íbamos allí a recoger flores».
Su cuerpo fue encontrado en Turín con el rostro vuelto hacia el cielo y el abdomen abierto según la forma tradicional japonesa del harakiri.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)