Desde que aprendí a leer, a los 6 años, me sentí atraída por todo lo que estaba escrito y a mi alcance de comprensión, desde el diccionario hasta los libros de la Bibliothèque Verte, una colección …
P.: Cuando escribe sus relatos, ¿los revisa mucho?
R.: Al principio sí que lo hacía. Luego descubrí que, cuando un hombre llega a cierta edad, ya ha encontrado el tono que le es propio. En la actualidad, intento revisar lo que he escrito tras dejarlo reposar un par de semanas, más o menos, y desde luego hay muchos deslices y repeticiones que deben evitarse, ciertos trucos que a uno le gustan mucho pero de los que no conviene abusar. Pero creo que lo que escribo ahora está siempre a un determinado nivel y no puedo mejorarlo mucho, aunque tampoco estropearlo en exceso. Por consiguiente, lo dejo estar, me olvido completamente de ello y me concentro en lo que estoy escribiendo en ese momento.
Y construí tu rostro. Con adivinaciones del amor, construía tu rostro en los lejanos patios de la infancia.
Albañil con vergüenza, yo me oculté del mundo para tallar tu imagen, para darte la voz, para poner dulzura en tu saliva.
Cuántas veces temblé apenas si cubierto por la luz del verano mientras te describía por mi sangre.
Pura mía, estás hecha de cuántas estaciones y tu gracia desciende como cuántos crepúsculos.
Cuántas de mis jornadas inventaron tus manos.
Qué infinito de besos contra la soledad hunde tus pasos en el polvo.
Yo te oficié, te recité por los caminos, escribí todos tus nombres al fondo de mi sombra, te hice un sitio en mi lecho, te amé, estela invisible, noche a noche, Así fue que cantaron los silencios.
Años y años trabajé para hacerte antes de oir un solo sonido de tu alma.
La nueva novela del escritor estadounidense tiene algo de fiesta de despedida, de desfile de sombras de Frank Bascombe, que en este quinto libro, rozando los 80 años, se pregunta si su existencia es feliz
Rainer, quiero encontrarme contigo, quiero dormir junto a ti, adormecerme y dormir. Simplemente dormir. Y nada más. No, algo más: hundir la cabeza en tu hombro izquierdo y abandonar mi mano sobre tu hombro izquierdo, y nada más. No, algo más: aún en el sueño más profundo, saber que eres tú. Y más aún: oír el sonido de tu corazón. Y besarlo.
Fotografía de José Agustín Goytisolo y su hija Julia en los años noventa, en la terraza de su casa en la calle Hospital, en Barcelona.fondo José Agustín Gytisolo /UAB
La hija de unos de los poetas más populares del siglo XX recuerda la relación con el autor (“Nunca me he vuelto a reír con nadie como con él”) y el impacto del famoso poema
Pensar que la literatura es una profesión es una inexactitud. Todos somos escritores. Hay personas que no han escrito toda su vida y, de golpe, hacen su obra maestra. Los otros son profesionales, que escriben cuatro libros al año y publican cosas horribles.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)