Cada lector decidirá cómo incorporar los libros del Nobel a su santuario particular y cómo asimilar esa brillante euforia que produce su lectura, con la emoción de constatar que lo que se tiene en las manos es una obra de arte inagotable
Jean-Baptiste Poquelin, más conocido como Molière, tenía tuberculosis y estaba medio arruinado cuando estrenó su último obra: El enfermo imaginario.
Ficción y realidad se confundieron en la cuarta representación, el 17 de febrero de 1673 en el Palais Royal. Molière actuando de Argán, el personaje principal, tosió sangre y se desplomó en el escenario. «Tengo un frío que me mata» les dijo a los actores que lo trasladaron a su casa donde murió poco después. Tenía 51 años.
Su mujer Armande no pudo encontrar un sacerdote que le diera la extremaunción y murió sin arrepentirse de su profesión de actor, considerada inmoral por la Iglesia. En aquella época no estaba permitido que los actores fueran enterrados en el terreno sagrado de un cementerio. El rey, a pedido de su viuda, accedió a que tenga un funeral normal pero «por la noche, y sin ninguna pompa ni cortejo». Molière fue enterrado en el cementerio de la capilla de Saint Joseph sin una tumba identificable y en la parte reservada a los niños sin bautizar.
Años después sus restos, o lo que se cree que son sus restos, fueron trasladados al cementerio de Père-Lachaise, donde descansa actualmente.
Molière dejó escrito su epitafio con su característica pluma: «Aquí yace Molière el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien».
Dos personas me han hecho la misma pregunta: ¿para qué sirve la poesía? Y yo les he dicho: bueno, ¿para qué sirve la muerte? ¿para qué sirve el sabor del café? ¿para qué sirve el universo? ¿para qu…
Los libros que escriben son aburridos, son de papel, su lengua es ficticia (no son ya capaces de hablar como corresponde a su origen), ofende el lenguaje de Hölderlin, Whitman, Brecht; sus libros son de papel de guirnaldas de Todos los Santos y sus versos saben a madera de escritorio. Es como si no hubieran vivido nada, como si vivieran de los libros de los viejos primos, como si se llenaran el estómago en el desayuno, comida y cena con tísicos Rilkes y su pálida parentela, como si sus abuelos no hubieran sido cerveceros, carniceros, comerciantes en grano, guerreros, feriantes, gitanos… y verdaderos poetas.
No me da miedo mi propia muerte, sólo la muerte de mis seres queridos. ¿Cómo voy a vivir cuando ellos ya no estén?
Sola en la niebla voy tanteando por la muerte y de buen grado me dejo llevar a la oscuridad. Partir no duele ni la mitad que quedarse.
Bien lo sabe aquel que se enfrentó a lo mismo – Y que me perdonen quienes lo padecen. Pensad: la propia muerte tan sólo se muere; Más con la muerte de otros hemos de vivir.
Esta maravilla barroca es la biblioteca de la Universidad de Coimbra o Joanina, Portugal. Su construcción comenzó en 1717 hasta 1728. Guarda cerca de 70 000 volúmenes y como curiosidad decir que están protegidos por dos colonias de murciélagos que se alimentan de insectos que… pic.twitter.com/modR9qPJka
A los 19 años leí a Faulkner y entendí que los libros enseñaban que la vida podía ser diferente. Eso me ayudó a lidiar con el aburrimiento y la tristeza. Los libros me salvaron, y son la razón por la que la lectura y la escritura forman parte de mi vida.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)