Albert Camus y María Casares en París en 1948.Lipnitzki / Roger Viollet / Getty Images
Albert Camus y su amante, María Casares, intercambiaron 865 cartas. La hija del escritor explica por qué su padre nunca dejó a su madre y por qué decidió publicar las 1.200 páginas que recorren 15 años de adulterio
Sabemos que nos mienten. Saben que nos mienten. Saben que sabemos que nos mienten. Sabemos que saben que sabemos que nos mienten. Y aún así, siguen mintiendo.
Cómo diría… Tras nacer el primero se quedó bloqueado, bajo los pies solo encontró un suelo blando y sin consistencia, nada donde agarrarse, le cogió asco al marido. Como un animal al que le arrancaran el pelaje, apareció lo que escondía tras toda aquella capa de buena educación y sumisión: una fiera, podía convertirse en una verdadera fiera.
Discutían, gritaban, se habrían despedazado mutuamente si no estuviesen tan cansados de odiarse. Él la acusaba de ingrata, todo el día trabajando para ella, para el Proyecto, y esa era su única manera de agradecerlo, la baba de la rabia cada tarde, al volver él a casa. Ella no respondía a sus acusaciones, se dedicaba a minarlo, a exasperarlo con todo aquello que sabía que lo sacaba de quicio, diciendo tacos y frases hechas y rezando el rosario, más que con fe, con resentimiento. Descolgó la foto de Gandhi y puso a cambiar una reproducción de la Virgen de la Servilleta de Murillo. Él rompió la lámina, volvió a colocar el Gandhi, la miró desafiante. Ella lo descolgó de nuevo ante sus narices, lo estrelló contra el suelo, los cristales cortaron al pequeño Damián en las manitas cuando gateaba, él la abofeteó, a los dos les temblaban las piernas, se abrazaron asustados y se separaron de inmediato, entre lágrimas. .
La observar confundiéndose al colocar los cubiertos en la mesa y siendo reprendida por ello. Le reconfortó ver que no le afectaba; Corrigió el error y siguió a lo suyo con mucha calma. Tras haber ayudado ya a varias cenas, el tío Óscar notaba diferencias palpables entre el modo de actuar de los otros sobrinos y el de Martina, aunque entre los primeros también había variaciones. Damián, el mayor, era el más influenciable, siempre buscaba agradar y nunca lo conseguía, mientras que Rosa, a menudo enfurruñada, cabezota y hostil, solo quería que la dejaran en paz. Aquilino, el pequeño, era con diferencia el más gracioso y el más desvergonzado, también el más listo, había aprendido a moverse con soltura en aguas tan difíciles. Pese a todo, los tres estaban marcados por una profunda y remota ignorancia, por la carencia de un conocimiento cabal de la vida más allá de esos muros. Era increíble, pensó el tío Óscar, que ni siquiera el colegio les ofrecía suficiente contraste. Tal vez más adelante, cuando se adentraran en la adolescencia –y Damián ya estaba asomando la cabeza–, las tornas cambiarían, pero de momento ahí estaban, sumisos en la superficie pero agitadísimos por dentro, de un modo que ni siquiera ellos entendían.
Hay que esperar un buen rato, no confiarse. Por fortuna, Madre y Padre se acuestan pronto, no como en otras familias, en las que los padres se quedan hasta las tantas viendo la televisión o tomando una copa; a algunos, incluso, les da la madrugada aunque tengan que levantarse temprano al día siguiente, qué irresponsables. Aquí no. Aquí, a las once como mucho, todo el mundo a la cama, sea invierno o verano, lunes o sábado, bien pensado es una suerte. Sin embargo, no es fácil calcular cuánto pueden tardar en quedarse dormidos. Un suspiro, un carraspeo, una palabra suelta son señales: aún no. El equilibrio entre mantener la prudencia frente al ansia de escapar –¡de escapar ya!– es tan precario, tan tenso, que amenaza con romperse en cualquier momento abocándolas al desastre. Rosa ya está vistiendo a oscuras, en silencio, para ganar tiempo. Martina le pide que aguante un poco. La bronca para una es la bronca para las dos. –Imagina
Hay que esperar un buen rato, no confiarse. Por fortuna, Madre y Padre se acuestan pronto, no como en otras familias, en las que los padres se quedan hasta las tantas viendo la televisión o tomando una copa; a algunos, incluso, les da la madrugada aunque tengan que levantarse temprano al día siguiente, qué irresponsables. Aquí no. Aquí, a las once como mucho, todo el mundo a la cama, sea invierno o verano, lunes o sábado, bien pensado es una suerte. Sin embargo, no es fácil calcular cuánto pueden tardar en quedarse dormidos. Un suspiro, un carraspeo, una palabra suelta son señales: aún no. El equilibrio entre mantener la prudencia frente al ansia de escapar –¡de escapar ya!– es tan precario, tan tenso, que amenaza con romperse en cualquier momento abocándolas al desastre. Rosa ya está vistiendo a oscuras, en silencio, para ganar tiempo. Martina le pide que aguante un poco. La bronca para una es la bronca para las dos.
Prisioneros en el gulag de Vorkuta, uno de los mayores campos de trabajo de la Unión Soviética, en 1945.LASKI DIFFUSION / HULTON ARCHIVE / GETTY IMAGES
En una prosa clara, viva y perspicaz, la autora cuenta en sus ‘Memorias de una actriz en el gulag’ su viaje por los horrores del estalinismo
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)