Me conmueven los lectores a secas, los que aún se atreven a leer el Diccionario filosófico de Voltaire, que es una de las obras más amenas y modernas que conozco. Me conmueven los jóvenes de hierro que leen a Cortázar y a Parra, tal como los leí yo y como intento seguir leyéndolos. Me conmueven los jóvenes que se duermen con un libro debajo de la cabeza. Un libro es la mejor almohada que existe.
«En este desorden, en este caos, de repente vi que Godard y yo éramos, en cierto modo, el mismo tipo de personas, la misma gente. Éramos personas que habían hecho algo y que habían mantenido su sal…
Mire, lo que yo quiero decir es que, cuando empecé a escribir, pensaba que todo debía estar caracterizado por el escritor. Por ejemplo, escribir «la luna», sin más, estaba estrictamente prohibido: había que encontrar un adjetivo, un epíteto para la luna. (Desde luego, estoy simplificando. Sin duda, he escrito muchas veces «la luna», pero ahora estoy citando el caso como una especie de símbolo de lo que yo hacía en aquella época). En fin, yo pensaba que había que caracterizarlo todo y que no se debían utilizar las frases de us común. Jamás habría escrito: “Fulanito de tal entró y tomó asiento”: era demasiado simple, demasiado fácil. Creía que debía encontrar alguna forma ingeniosa de decir lo mismo. Ahora me parece que esa clase de cosas no suelen ser más que una molestia para el lector. Pero creo que la raíz de la cuestión se remonta al hecho de que, cuando un escritor es joven, tiene la sensación de que lo que va a decir es más bien estúpido, o que resulta evidente, o que está muy trillado, así que intenta ocultarlo bajo un ornato barroco, con palabras tomadas de escritores del siglo diecisiete, o, al contrario, se propone ser moderno y entonces no para de inventar palabras, o de aludir a aeroplanos, a trenes, al telégrafo y al teléfono, porque se esfuerza al máximo para ser actual. Después, conforme pasa el tiempo, uno se da cuenta de que debe expresar sus ideas, sean buenas o malas, con sencillez, porque, si tienes una idea o un sentimiento, has de intentar que calen en el lector.
Jorge Luis Borges
Entrevista con Jorge Luis Borges (“The Paris Review”. 1953-1983)
La realidad exige que lo digamos bien claro: la vida sigue su curso. Sucede así en Cannas y en Borodinó, en los llanos de Kosovo y en Guernica.
Hay una gasolinera en una pequeña plaza de Jericó, hay bancos recién pintados cerca de Bila Hora. Las cartas van y vienen entre Pearl Harbor y Hastings, pasa un camión de muebles bajo la mirada del león de Queronea y solo un frente atmosférico amenaza los florecientes jardines cercanos a Verdún.
Hay tanto de Todo que lo que hay de Nada queda muy bien cubierto. De los yates de Accio llega la música y en la cubierta, al sol, bailan las parejas.
Pasan siempre tantas cosas Que seguro tienen que pasar en todas partes. Donde hay piedra sobre piedra hay un carro de helados cercado por los niños.
Donde estaba Hiroshima de nuevo está Hiroshima y se siguen produciendo objetos de uso cotidiano.
No le faltan encantos a este hermoso mundo ni tampoco amaneceres para los que merece la pena despertar.
En los campos de Macejowice La hierba es verde, y en la hierba, como pasa en la hierba, la escarcha, transparente.
Quizá no haya un lugar que no haya sido un campo de batalla, los aún recordados, los hoy ya olvidados, bosques de cedros y bosques de abedules, nieves y arenas, pantanos irisados y barrancos de negro fracaso donde en caso de urgencia satisfacemos ahora nuestras necesidades.
Qué moraleja sale de todo esto: parece que ninguna. Lo que de verdad sale es la sangre que seca rápida y siempre algunos ríos, algunas nubes.
En esos desfiladeros trágicos el viento se lleva los sombreros, y es inevitable: la imagen nos da risa.ç
La editorial Navona salda una deuda con una de las mentes más destacadas del siglo XX en EEUU con la publicación del libro de ensayos ‘Seducción y traición’ y de su magistral novela ‘Noches insomnes’
Se recuerdan varias disputas famosas en la literatura, pero pocas tan cómicas como la que se dio entre José Echegaray y Ramón Valle-Inclán.
En 1904, la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura a José Echegaray «por haber revivido las tradiciones de la dramaturgia española».
En respuesta, muchos escritores de la generación del 98 protestaron abiertamente, llegando algunos, entre los que estaba Valle-Inclán, a firmar un manifiesto. Años más tarde, Echegaray como jurado literario negaría el premio a un cuento presentado por Ramón. Así nació este enfrentamiento del cual les dejamos algunos capítulos.
Estando Valle-Inclán en su habitual tertulia de café, vio entrar al hijo de Echegaray. Alzando la voz comenzó a decir que Echegaray no tenía talento, y que estaba obesionado con la infidelidad matrimonial ya que siempre incluía en sus obras maridos cornudos y mujeres infieles.
El hijo de Echegaray, molesto, le dijo: «¡Más respeto, que está usted hablando de mi padre!» A lo que Valle-Inclán respondió: «¿Está usted seguro de que es su padre?»
Tras ganar el Nobel, en Madrid, renombraron una calle José Echegaray. Para mala suerte de Valle-Inclán, en ella vivía un gran amigo suyo. Cada vez que Ramón le escribía cartas a su amigo, en la dirección ponía «calle del Viejo Idiota». ¡Y las cartas llegaban! A raíz de esto, Valle-Inclán afirmaba que Madrid tenía el mejor servicio de correos del mundo.
Valle-Inclán, no perdía oportunidad para molestar a Echegaray, y solía acudir a los estrenos de sus obras para boicotearlos. En una ocasión, un personaje dijo: «Es una mujer con nervios de acero bajo una piel de seda». Y Ramón gritó desde el público: «¡Eso no es una mujer, es un paraguas!»
Por último, ya en su lecho de muerte, Valle Inclán necesitaba una transfusión de sangre. Al enterarse que se había presentado como donante Echegaray, se negó a recibirla porque decía que esa sangre estaba llena de gerundios.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)