En la nochebuena de 1938, Jorge Luis Borges sufrió un accidente que cambiaría para siempre su forma de escribir.
Según cuenta el propio Borges, al subir corriendo una escalera, el batiente de una ventana recién pintado lo lastimó en la cabeza. Si bien fue atendido enseguida, la herida se le infectó y pasó alrededor de una semana con alucinaciones y fiebre muy alta. «Pasaron como ocho siglos» «en el infierno» diría Borges de esos días.
Una noche perdió el habla y tuvieron que llevarlo al hospital para una operación de urgencia. Durante el mes siguiente se debatió entre la vida y la muerte a causa de una septicemia.
Al recuperarse, para probar si aún conservaba sus facultades, comenzó a escribir un cuento. Sería «Pierre Menard, autor de El Quijote», uno de sus primeros cuentos de ficción.
Para Borges, ese fue el origen de la ficción borgeana. Hasta el momento, se había dedicado principalmente a la poesía, los ensayos y las traducciones.
Aunque unos años antes había publicado «Historia universal de la infamia», según Borges «son el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar ajenas historias» y pertenecen «al sólido terreno de la Historia».
En 1953, este episodio fue plasmado en un cuento, “El Sur”, cuando Borges nuevamente se preguntaba si podría seguir escribiendo a causa de la ceguera. Sobre él, Borges diría “es acaso mi mejor cuento”.
Ernesto Gil Pérez (Tito para más señas o, como mucho, Tito Gil) entró en el bar restaurante Pino al anochecer de un domingo de enero, unos dos meses antes de la llegada o, más bien, de la aparición de Paula, y estas dos figuras, y los hechos que ocurrieron en ese tiempo, son la materia principal de esta historia.
Por lo que se recuerda, y hasta donde estas cosas pueden explicarse, era una voz muy bien timbrada, melodiosa, dúctil, redonda, que a los pocos años fue ganando en gravedad y hondura, y con tan ricos dejes y vibraciones musicales que, aun hablando en susurros, era posible percibirla de lejos, tan diáfana y cercana como si te hablase al oído. Sabía imitar muy bien las voces de los animales y los acentos de otras lenguas, y hacer de sabio remilgado, de idiota, de hombre o de mujer, de basto o de fino, y cuenta la leyenda que aquel niño conseguía extraerles a las palabras brillos. , matices, posibilidades desconocidas hasta entonces que se escondían en lo profundo del sonido, y que él conseguía sacar y exponer a la luz. En sus labios, hasta los significados ganaban en alcance, en intención y en amplitud.
Pero sí recordaba muy bien el día en que don Ángel Cuervo llevó a sus alumnos a ver una función de teatro en Madrid. Tito se quedó maravillado de aquel artificio de luces, decorados, música, vestuario, y de lo bien que sonaban las voces de los actores en aquel espacio de ensueño, y lo bien que lucían sus figuras y resaltaban sus expresiones y sus gestos, y desde entonces se imaginaba a sí mismo en escena, y esa fantasía arraigó en su alma ya para los restos.
Sí, hablaban de muchos asuntos, de muy diversos temas, pero no de amor, nunca, y, sin embargo, sin saberlo, quizá sin sospecharlo, sí estaban hablando de amor, puesto que casi siempre hablaban del futuro, y el amor y el futuro suelen ir juntos, si es que en el fondo no son la misma cosa. Y así, cuando se dieron cuenta, antes incluso de besarse o de enlazar las manos, ya eran novios. O, si no novios, porque esa palabra no llegó nunca a pronunciarse, se vieron comprometidos, compartiendo el mismo camino hacia el porvenir, pero no el de Paula sino el de Blas. Sin proponérselo, sin desearlo. Se acostumbraron a estar juntos, eso fue todo. O en otras palabras: como dos náufragos en una balsa, fingieron tomar la libre decisión de viajar juntos hacia no importa dónde.
Tal como había predicho Tito, apagadas las luces del diario y encendidas las de la ficción, ya solo hubo un espacio y una sola y prodigiosa realidad. Fue una sensación extraña pasar de lo precario y decadente del local al escenario deslumbrante y fantástico, donde Tito hechizó a todos con su magia de actor. Salió vestido y transformado en mujer, en niño, en gitano, en gánster, en caballo y jinete a la vez, y en una de esas apareció disfrazado y con la figura de la propia muerte y, mientras el escenario se iba llenando de humo rojo. , él comenzó una recitación que acabó en un canto medio litúrgico, algo entre hablado y salmodiado, y en un tono tan bajo y fúnebre que dejó sobrecogido al auditorio.
El escritor necesariamente fue, es y será lector. Tuvo que aprender a leer para entender el lenguaje en su mensaje y grafía. Quien escribe necesita conocer previamente otros mundos, el relato de otras historias junto a las que él como individuo vive y de las que extrae lecciones. Tanto el que disfruta leyendo como el que lo hace escribiendo comparten una misma y poderosa necesidad:…
No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo. No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo. No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes…Ni siquiera en el lector hipotético. No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.
– Me dijiste que ibas a dejarme un libro. – Sí, signore. Ahí tienes los libros, elige. La estantería de los libros estaba contra la pared. Me aproximé y los miré ensimismado. Nunca habí…
Yo, como todo el mundo, he atravesado demasiadas crisis interiores, y también exteriores, para no haber guardado gratitud a los grandes escritores del pasado o del presente que me aportaron su ayuda al mostrarme que también ellos habían conocido preocupaciones y angustias análogas o, al contrario, sosteniéndome con su propia firmeza. Que yo haya venido a ser para ciertos lectores, como usted, una autora de libros que ayudan, es una gracia o una ventura a la que no acabo de acostumbrarme. Hace usted bien en leer, releer morosamente un libro: hay que impregnarse de las obras que amamos, como un músico se impregna de una música en la que está trabajando.
Digamos que ganaste la carrera y que el premio era otra carrera que no bebiste el vino de la victoria sino tu propia sal que jamás escuchaste vítores sino ladridos de perros y que tu sombra tu propia sombra fue tu única y desleal competidora.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)