Hay tres líneas en la biografía de todo ser humano, y nunca son una horizontal y dos perpendiculares. Son tres líneas sinuosas, perdidas al infinito, constantemente próximas y divergentes: lo que un hombre ha creído ser, lo que ha querido ser y lo que fue.
Para Flaubert, la frase es simultáneamente una unidad de estilo, una unidad de trabajo y una unidad de vida, es lo que atrae lo esencial de sus confidencias sobre su trabajo de escritor. Si se quie…
Recuerdo que hace unos días vi una película, nada del otro mundo, titulada Darling. En ella se citan algunos versos de Shakespeare. Bueno, pues esos versos siempre suenan mejor cuando se citan. Shakepeare define Inglaterra y la llama, por ejemplo: “Este otro edén, este casi paraíso.. Esta gema engastada en mar de plata”, y sigue en esa línea, hasta que al final dice algo así como “este reino, esta Inglaterra”. Cuando se citan esos versos, el lector se detiene al final de la cita, pero en la obra a la que pertenecen creo que Shakespeare sigue insistiendo e insistiendo en la misma idea, hasta el punto de que al final se estropea el efecto. Lo verdaderamente adecuado habría sido encontrarnos con un hombre que intenta definir qué es Inglaterra, que la ama profundamente y que al final descubre que lo único que puede hacer es llamarla, simplemente, «lnglaterra», como si se dijera «Norteamérica». Pero si dice: «este reino, esta tierra, esta Inglaterra», y luego sigue con lo de «este casi paraíso» y demás, se estropea el efecto, porque Inglaterra debería ser la última palabra. En fin, supongo que Shakespeare siempre escribía con prisas, como le dijo un actor a Ben Johnson, y ése es el resultado. A uno no le da tiempo para sentir que la última palabra tenía que haber sido ésa, Inglaterra, como si resumiera y borrara todas las demás y el autor dijera: «Bueno, he intentado algo que resulta impostable». Sin embargo, él continúa y continúa, con sus metáforas y su grandilocuencia, porque era grandilocuente. Incluso en una frase tan famosa como las últimas palabras de Hamlet, «Lo demás es silencio», creo que hay algo impostado y efectista. No creo que a nadie se le ocurriera decir algo así.
Jorge Luis Borges
Entrevista con Jorge Luis Borges (“The Paris Review”. 1953-1983)
De todo lo que amé en días inconstantes ya sólo van quedando rastros, marañas, conjeturas, pistas dudosas, vagas informaciones: por ejemplo, la lluvia en la lucerna de un cuarto triste de París, la sombra rosa de los flamboyanes engalanando a franjas las casa familiar de Camagüey, aquellos taciturnos rastros de Babilonia junto a los barrizales suntuosos del Éufrates, un arcaico crepúsculo en las Islas Galápagos, los prolijos fantasmas de un memorable lupanar de Cádiz, una mañana sin errores ante la tumba de Ibn’Arabi en un suburbio de Damasco, el cuerpo de Manuela tendido entre los juncos de Doñana, aquel café de Bogotá donde iba a menudo con amigos que han muerto, la gimiente tirantez del velamen en la bordada previa a aquel primer naufragio… Cosas así de simples y soberbias. Pero de todo eso ¿qué me importa evocar, preservar después de tan volubles comparecencias del olvido? Nada sino una sombra cruzándose en la noche con mi sombra.
Una autobiografía, un recuento de uno mismo, tendría por fuerza que enunciarse en una forma narrativa que diera testimonio de tal modo relacional de la vulnerabilidad humana. Una autobiografía, en este sentido, tendría que ser sobre todo el testimonio de un desconocimiento. Una autobiografía, en este sentido, tendría que ser siempre una biografía del otro tal como aparece, en modo enigmático, en mí. Tres títulos para consideración: ‘La autobiografía de Alice B. Toklas’, de Gertrude Stein; ‘La autobiografía de mi madre’, de Jamaica Kinckaid; ‘Autobiografía de Rojo’, de Anne Carson. Las autobiografías de supermercado—esos recuentos lineales que detectan de forma evolutiva la formación de un yo excepcional y aislado—definitivamente escapan a esta noción de escritura íntima y ajena del extraño que se aproxima.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)