Una autobiografía, un recuento de uno mismo, tendría por fuerza que enunciarse en una forma narrativa que diera testimonio de tal modo relacional de la vulnerabilidad humana. Una autobiografía, en este sentido, tendría que ser sobre todo el testimonio de un desconocimiento. Una autobiografía, en este sentido, tendría que ser siempre una biografía del otro tal como aparece, en modo enigmático, en mí. Tres títulos para consideración: ‘La autobiografía de Alice B. Toklas’, de Gertrude Stein; ‘La autobiografía de mi madre’, de Jamaica Kinckaid; ‘Autobiografía de Rojo’, de Anne Carson. Las autobiografías de supermercado—esos recuentos lineales que detectan de forma evolutiva la formación de un yo excepcional y aislado—definitivamente escapan a esta noción de escritura íntima y ajena del extraño que se aproxima.
Lo queremos porque es bondadoso. Es bondadoso como ser humano y muy bueno como escritor. Tiene un corazón tan grande que Dios necesitó fabricar un cuerpo también grande para acomodar ese corazón suyo. Luego mezcló los sentimientos con el espíritu de Julio. De allí resultó que Julio no solo fuera un hombre bueno, sino justo. Todos sabemos cuanto se ha sacrificado por la justicia. Por las causas justas y porque haya concordia entre todos los seres humanos.
Así que Julio es triplemente bueno. Por eso lo queremos. Lo queremos tanto sus amigos, sus admiradores y sus hermanos. En realidad, él es nuestro hermano mayor. Nos ha enseñado con sus consejos y a través de los libros que escribió para nosotros lo hermoso de la vida, a pesar del sufrimiento, a pesar del agobio y la desesperanza. Él no desea esas calamidades para nadie. Menos para quienes sabe que, más que sus prójimos, somos sus hermanos. Por eso queremos tanto a Julio.
La autora británica, admirada por Zadie Smith o Chimamanda Ngozi Adichie, charla con el suplemento ‘ABRIL’ una semana antes de visitar España para presentar ‘El pasado’, novela que acaba de llegar a las librerías españolas
La escritura es salvaje. Se acerca a un salvajismo anterior a la vida. Y siempre lo reconocemos, es el de los bosques, tan antiguo como el tiempo. El del miedo a todo, distinto e inseparable de la vida misma. Uno se encarniza. No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que lo que se escribe. Es algo curioso, sí. No es solo la escritura, lo escrito, también los gritos de las bestias de la noche, los de todos, los vuestros y los míos, los de los perros. Es la vulgaridad masificada, desesperante, de la sociedad.
Estar sola con el libro aún no escrito es estar aun en el primer sueño de la humanidad.
Roberto Bolaño nació en Santiago de Chile en 1953, hijo de un camionero y boxeador y una maestra. Vivió en distintos lugares de Chile, pero la mayor parte de su infancia la pasó en Los Ángeles, hasta 1968, cuando la familia se trasladó a México.
Durante el gobierno de Salvador Allende, en 1973, Bolaño regresó unos meses a Chile para trabajar en la editorial Quimantú, creada por el gobierno de Unidad Popular.
A fines de octubre de ese año, luego del golpe de Estado de Pinochet, fue detenido por los carabineros en un autobús mientras viajaba a Concepción a visitar un amigo. Lo detuvieron por no tener pasaporte y por su acento mexicano, por lo que le imputaron el cargo de “terrorista extranjero”. Fue recluido durante ocho días en el cuartel de Investigaciones de Concepción.
Bolaño salvó su vida gracias a que allí se encontró con dos ex compañeros del liceo de Los Ángeles, los detectives Ruperto Arriagada y Renato Czischke. Ellos lo reconocieron y se comunicaron con la familia de su amigo Fernando Fernández, quienes finalmente lo sacaron de la cárcel a principios de noviembre.
Esta experiencia dio pie a su cuento «Detectives” del libro “Llamadas telefónicas”. El episodio también fue relatado en detalle por el propio autor en el cuento “Carnet de Baile” del libro de cuentos “Putas asesinas”.
Roberto Bolaño abandonó Chile a principios de 1974 y no volvió al país hasta 25 años después.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)