La literatura posee un poder inmenso, el de ser capaz de crear algo que antes no existía y que con ella adquiere vida. Sus límites son de orden extrínseco más que intrínseco y dependen del hecho que a menudo el mundo está sordo y no la escucha. La literatura es una gran verdad que se expresa a través de la ficción, pero el mundo la ve como un divertimiento, como algo sin importancia y no le presta excesiva atención. Como he dicho ya, personalmente no experimento ningún tipo de sufrimiento con la literatura en sí misma. La rabia nace después, al comprobar la sordera y la impermeabilidad del mundo, que no acoge al escritor y despierta en él un radical sentimiento de impotencia.
Mi marido mentía acerca de todo. Dinero, reuniones, amantes, el lugar de nacimiento de sus padres, la tienda donde compraba las camisas, la ortografía de su apellido. Mentía cuando no era necesario. Mentía cuando ni siquiera era conveniente. Mentía cuando sabía que sabían que estaba mintiendo. Mentía cuando mentir rompía sus corazones. Mi corazón. El corazón de ella. A veces me pregunto qué pasó con con ella.
Cuenta Eduardo Galeano sobre Albert Camus en su libro «El fútbol a sol y sombra».
«En 1930, Albert Camus era el San Pedro que custodiaba la puerta del equipo de fútbol de la Universidad de Argel. Se había acostumbrado a jugar de guardameta desde niño, porque ése era el puesto donde menos se gastaban los zapatos. Hijo de casa pobre, Camus no podía darse el lujo de correr por las canchas: cada noche, la abuela le revisaba las suelas y le pegaba una paliza si las encontraba gastadas.
Durante sus años de arquero, Camus aprendió muchas cosas:
-«Aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser lo que se dice derecha».
También aprendió a ganar sin sentirse Dios y a perder sin sentirse basura, sabidurías difíciles, y aprendió algunos misterios del alma humana, en cuyos laberintos supo meterse después, en peligroso viaje, a lo largo de sus libros.»
A mi madre se le daban bien las plantas. No les hablaba ni hacía con ellas nada especial. Era un cariño delicado y discreto con el que arrancaba las hojas muertas, repartía los nuevos esquejes y giraba los tiestos para orientar hacia el sol la cara que se estaba quedando más triste. Los geranios floridos de mi madre en las cuatro ventanas que daban a la calle del barrio de Estrecho en el que vivíamos atraían la mirada desde lejos. Algunas mañanas era mi padre el que se empeñaba en regar las macetas con una garrafa de agua. Solía causa destrozos a su paso.
La misma buena mano que tuvo mi madre con las plantas la tuvo con sus hijos. No era ese cariño atosigante que vi en otras casas o la monserga perpetua de algunas madres de amigos. Era esa misma calidez que conseguía que le brotaran las flores sin grandes esfuerzos. Así le brotaron ocho hijos. Yo era el pequeño y me llevaba con mi hermano mayor, Juanjo, los mismos años que mi madre con él, dieciocho.
Pero antes de conocer el colegio por dentro y su disciplina disparatada, las narraciones de los tenderos del mercado y las intervenciones más brillantes de la radio fueron mi escuela narrativa. Cuando llegaba la hora de reunirnos todos a la hora de comer y cenar, la única posibilidad de meter baza en la conversación era servir de fuente de información y anécdotas para mis hermanos mayores. Yo les contaba quién había muerto, qué noticias eran relevantes, y les ponían al día de la rumorología del barrio. El mundo entonces era oral y la capacidad de hablar se adquiriría de manera natural.
Me aficioné a la lectura al perder la fe religiosa. Sucedió durante los cursos de catequesis para hacer la primera comunión. El cursillo tenía lugar los viernes por la mañana, antes de entrar a clase, ya ellos acudían a veces algunas chicas de la franquicia femenina del colegio. Así sucedió con la hermana de mi amigo Rafa, cuando el tutor nos dijo que se sentara entre nosotros dos en el pupitre que compartíamos. Las chicas salesianas tenían la costumbre de dar dos vueltas a la cintura de sus faldas para acortarlas. El muslo desnudo de Almudena se rozaba con el mío durante la catequesis. Una mañana en que el sacerdote nos explicaba el sentido profundo por el cual Dios resulta ser uno y trino, de pronto todo el edificio místico se vino abajo ante la presencia rotunda de lo carnal.
El rito de paso entre escribir para ti mismo y publicar es comparable a saltar entre dos azoteas de edificios distintos. Suele abrumar la responsabilidad. Recuerdo que terminé de escribir mi primera novela y la guardé en una carpeta, de la que tardaría varios años en volver a sacarla. Ya no se trataba de un juego privado, sino que iba a exponerme ante los lectores. Ese limbo entre la profesionalización y la irresponsabilidad es una de las fricciones mágicas del oficio.
Cuando escribí Rayuela yo era un ser totalmente anónimo, nadie me conocía o muy poco. Y lo escribí pensando como un hombre de 40 años que escribía para gente de 40 años, y resultó que esa gente no entendió gran cosa del libro. Las primeras críticas –porque eran ellos los que tenían la manija en los diarios– fueron terriblemente negativas. Fijate que la primera crítica de Rayuela que leí empezaba con la frase siguiente: “Si la imitación y el plagio son virtudes, Julio Cortázar es un gran escritor.
– ¿A quién te acusaban de plagiar?
–A Joyce, por ejemplo, lo cual es una estupidez infinita. Pero te da una idea del mecanismo de resentimiento e ignorancia que funcionaba. En cambio los jóvenes, que no se planteaban este tipo de problemas, tuvieron un contacto directo con Rayuela, que sigue siendo un libro clave para ellos. De todo lo que he hecho, Rayuela es el libro mágico para ellos, en toda América Latina.
– ¿Y para vos?
–Para mí también, para mí también. Es el libro que yo me llevaría a la isla desierta.
Entrevista de Martín Caparrós a Julio en diciembre de 1983.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)