Lectura: «Epifanía», de Israel Merino

Un ‘thriller’ en la meseta castellana: drogas, violencia y un mundo condenado

Israel Merino traza en ‘Epifanía’ una fábula polvorienta plagada de fealdad grotesca, estallidos de sangre y masculinidad depredadora

Origen: Un ‘thriller’ en la meseta castellana: drogas, violencia y un mundo condenado | Babelia | EL PAÍS


Textos

Los niños no se esperaban aquellos dos impactos certeros: uno contra el capó del coche y otro contra la tierra. Nadie, pese a lo cerca que estaba el cerro de los Curas, rezó al escuchar el estruendo. Con el primero, sus cuerpos ya sin vida volaron haciendo parábolas hasta llevarse el segundo contra el suelo y rodar varios metros. La sangre olía a valvulina y el campo a los hijastros sucios de las uvas inmaduras que presagiaban la primavera.


Víctor Manuel, a quien su madre llamaba así por el cantautor, se miraba en el espejo y trataba de subirse los pantalones caqui al máximo. Desesperado, se desabrochaba el botón y se lo subía y se pegaba tirones con fuerza de la camiseta a ver si así, con un poco de suerte, conseguía disimular el cerco de pis que se le había formado a la altura de la bragueta.


Morito sintió que había llegado a su límite, aunque fuera incapaz de reconocerlo. Había algo dentro de él, quizás una piedra ardiente o la linterna de un teléfono o un bote con moho que le impedía reconocer que debía cambiar. Tal vez ese recipiente mohoso fuera de su familia y por eso apenas podía recordar nada de su infancia.


Odiaba y anhelaba a su padre a partes iguales. Lo aborrecía porque estaba muerto, pero lo envidiaba porque estaba muerto. Nunca sabría lo que era vivir en aquel barrio, nunca sabría lo que era mantener a una madre ausente traficando con hachís y nunca, bajo ningún concepto, sabría lo que era mirar desde aquel edificio, que no era más que un esqueleto de hormigón asqueroso, y encontrar en el horizonte una trampa mortal.


Ramón odiaba que le llamaran Erre. Tenía un nombre, Ramón. También un apodo obligatorio, sargento. Sin embargo, aquellos animales con pipa y rótulos fosforitos sobre uniformes verdes tenían que incumplir hasta esa simplona delicadeza.


Dios, en la ciudad sí que era un rey, incluso un ídolo estrambótico al que todo personaje con piel y tendones adoraba. En la ciudad no era como en el pueblo. Qué va. Claro que no. Allí había encontrado su lugar. «Mi lugar», qué bien le sonaba aquella frase a Marcos en su tierna cabecita. Pero aquel hombre de barba poblada le había chafado todo. Le había jodido la existencia, como un barco petrolífero y viejo que suelta su veneno contra la arena blanca e impoluta de una lejana playa virgen. Ese borracho, ese inútil, ese cincuentón, esa mierda lo había destrozado. Él no haría como su madre. Qué va. Él no huiría. Claro que no. Él atacaría el problema de raíz. Él arreglaría las cosas como solo los hombres valientes arreglan las cosas.


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