
Esta es la historia de dos hombres execrables. Para qué nos vamos a andar con rodeos. Philippe Sands (Londres, 1960) construye dos relatos que se entrecruzan: el de la no extradición del dictador chileno Augusto Pinochet, detenido…
Origen: LIBROS | Crítica del libro de Philippe Sands ‘Calle Londres 38’ | El Periódico de España
Textos
Aguardaron. Al cabo de un rato le escoltaron hasta una escalera que subía por la parte trasera del edificio, hasta el primer piso. En otro cuarto, un guardia le ordenó que se quitara la ropa. Una vez desnudo, le hicieron tiernas espaldas sobre el somier de un viejo catre, metálico y frío. A continuación le ataron las muñecas y los tobillos al somier. Quedó despatarrado, como un cerdo en un espetón.
A última hora de la mañana del viernes 16 de octubre de 1998, Baltasar Garzón, titular del Juzgado Central de Instrucción n.º 5 de la Audiencia Nacional en Madrid, dio los últimos toques a su solicitud de extradición. De su puño y letra, escribió: DISPONGO: Decretar la prisión provisional incondicional de AUGUSTO PINOCHET UGARTE por los delitos de genocidio y terrorismo, librando órdenes de búsqueda y captura internacionales con multas de extradición. Librar urgentemente la orden internacional de detención a las autoridades judiciales británicas para su ejecución.
El lunes por la mañana, la segunda orden de detención estaba lista. «A las nueve la enviamos a la Interpol, con toda la información y la documentación justificativa necesaria. Incluimos genocidio, terrorismo y tortura, todos ellos crímenes internacionales, todos con jurisdicción universal.» Para entonces, la noticia de la detención de Pinochet se había extendido por todo el mundo. Las reacciones fueron tan intensas como heterogéneas.
En esta ciudad, poco después del golpe de Estado, también estuvo detenido ocho días Roberto Bolaño, acusado de terrorismo. «Salí de aquel agujero gracias a un par de policías que estudiaron conmigo en la universidad», escribió. Unos amigos de México, donde se exilió, dudaban de lo que contó. Bolaño «creó su propio mito», dijo una novia. Le «gustaba jugar a engañar y crear misterios», decía Jorge Herralde, su editor barcelonés. Según otro editor, que las narraciones de Bolaño eran «verdaderas o inventadas» carecía de importancia, «lo único que importaba era su valor literario».
«Le digo lo que se decía: que a los que mataban los echaban a las máquinas. No se llevaban los cadáveres. Los hacían harina de pescado para pollos. Metían la harina en bolsas y la llevaban a las granjas de pollos.» Se interrumpió para dejar que yo similar lo que acababa de decir.
También se habló de que se guardaban cadáveres en las cámaras frigoríficas de la pesquera o se cargaban en El Kiwi, un removedor de fabricación alemana que operaba en la costa de San Antonio, y se hacían desaparecer en el mar. Tras la detención de Pinochet en Londres, el patrón y el piloto de El Kiwi contaron cómo una vez, a medianoche, en un muelle de San Antonio, cargaron una docena de «cuerpos envueltos» con pleno conocimiento del jefe del puerto, al que Contreras había nombrado. A los tres miembros de la tripulación los encerraron en la sala de anclas mientras arrojaban los cuerpos al océano. A raíz de este testimonio, un juez investigó los hechos, pero no llegó a acusar a nadie.
