
El pelotazo de La Bola | Opinión | EL PAÍS
Más que la trifulca sobre el libro de Daniel Verdú, me interesa la cabeza de una mujer que se hizo pasar por otra, y los sentimientos de aquella cuyo cuerpo utilizó para sus fines
Origen: El pelotazo de La Bola | Opinión | EL PAÍS
Textos
Siempre nieva en voz baja, sin que nadie pueda decir una palabra. El blanco y la sordina que imponen las partículas de hielo convierten cualquier espacio en una habitación pequeña y acolchada, de esas que solo hay en determinados hospitales, los que ayudan a domesticar tormentos. Casi todo lo que transcurre durante ese tiempo es como si no hubiera tenido lugar realmente. Y eso, exactamente, es lo que se desencadenó ese día a las siete de la mañana, justo después de que sonase el despertador en aquel piso de la piazza Cairoli.
Todo se aceleró. Y, al cabo de dos meses, los tres principales diarios de España —El País, La Vanguardia y El Mundo— se cargaron a sus directores, que comenzaban ya a enredarse con lo que publicaban o dejaban de publicar sobre la corrupción del Partido Popular y el conflicto en Cataluña. Nada parecía casualidad. Mientras se desataba la estampida, ella silbaba calle arriba.
En la primera foto, imposible olvidarlo, apareció en bañador, mordiéndose el labio y al timón de un velero en plena navegación por el Mediterráneo. Rubia, delgada, ojos verdes y una sonrisa preciosa. El contexto siempre era lujoso, y las proposiciones, generosas. Llegaron más imágenes, algunos regalos. Y las urgencias o la falta de paciencia para que toda aquella relación telefónica madure de forma natural, quién sabe, hicieron que en las siguientes entregas las situaciones fueran más prosaicas y con menos ropa de por medio. A lomos de ese sugerente personaje, todo se volvió más intenso. Más llamadas, más contactos, más intimidados. Y la isla. Siempre le hablaba de aquella isla del Mediterráneo.
Lo relevante es que Enric González decidió liquidar una relación de veintisiete años con el periódico a través de un pequeño medio que no podía ni pagar a sus colaboradores y que se dirigía a Mar de Marchis, una rubia de ojos verdes, guapísima, de unos treinta y tantos y con un nombre rimbombante de aristócrata italiana que vivía en Londres representando a jugadores de fútbol y viajando tanto por trabajo que era imposible sentarse con ella a cenar. El planeta de la prensa tradicional estaba a punto de estallar y ella se había colocado en primera fila para recoger algunos asteroides que iban a salir despedidos en la deflagración. Y entre todas esas bolas de fuego, la más rutilante era el propio Enric, que apostó por despedir una era de la mano de una amistad telefónica que, ni siquiera tras aquel arriesgado compromiso, pudo conocer.
Lo peor no era el ruido de la piqueta derribando los viejos muros de la redacción o dirigir un periódico entre polvo y cascotes. Ni siquiera los problemas con los periodistas, que se resistían, o esa sensación que tenía él, a aceptar los cambios que quería aplicar. Lo más incómodo, le parecía, era el estruendo que llegaba desde fuera. La crisis, la caída de ventas, la corrupción rampante en el Partido Popular, la guerra en el consejo de administración de la empresa o la batalla abierta en el Partido Socialista. Una tormenta que se iba acercando lentamente a Miguel Yuste 40. Un sentimiento de soledad que con el tiempo se haría más pesado y no lograría sacudirse desde su llegada un año antes a la dirección del periódico desde Washington. Pero entonces sonaba el teléfono. Y aquella voz le acompañaba durante unos minutos, aportaba ideas. Le sugería nombres que podía contratar y le señalaba dónde había un problema, de quién podía tirar. Esa persona está mal, cuidado con este, tienes un lío ahí, por qué no hacéis un tema de aquel asunto del que te hablé, en Twitter os están poniendo verdes.

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