
Cuentos y muebles de Ricardo Menéndez Salmón | Opinión | EL PAÍS
Debo de ser uno de los hombres más aburridos, más reacios a las odiseas, del planeta. Y, sin embargo, me lo paso en grande con un buen libro en las manos
Origen: Cuentos y muebles de Ricardo Menéndez Salmón | Opinión | EL PAÍS
Textos
Todos mis relatos son narraciones ante la hoguera, tentativas de que el fuego no se consuma, de que la noche no sea completa, irredimible. Todos mis relatos arrancan de esa visión de alguien rodeado por la oscuridad, pero en posesión de un privilegio.
(…)
Como cualquier amante de los libros, ha sido platónico por vocación. Sartre reconoció en Las palabras que había tardado treinta años en desprenderse de ese idealismo nacido del apego a la escritura. Desde que fantaseé con un reino inmaterial en el que la idea hecha verbo era infinitamente niño más bella que los objetos que nombraba. Por ello, cuando con la edad comprendí que la palabra es un artificio, y que la supuesta función ontológica de todo lenguaje es fruto de una convención, algo en mí se resistió a asumir tal enseñanza. De la querencia por las palabras sobrevive todavía hoy la confianza, a lo peor absurda, en que contar una historia es un modo de salvar lo que encierra y de dignificar a quien escucha. Y aunque el mundo, día tras día, se obstina en desmentir mi creencia en el poder lenitivo del lenguaje, sigo considerando la literatura un lugar de celebración.
Baumann, huelga decirlo, era según Manuel un espíritu aventurero, uno de esos corazones en los que la paradoja encuentra su acomodo natural, capaz de embelesarse con un madrigal de Monteverdi y, horas más tarde, dispuesto a rebanarle las orejas a un pelotón de cadetes atrapados en el claro de un bosque. Por eso no resulta extraño que, al cabo de solo dos semanas al mando de la tropa, sus subordinados aparecen con varias carpetas repletas de partituras, cuatro relucientes atriles, dos violines, una viola y un chelo confiscados nadie sabe dónde, pero en cualquier caso imprescindibles para levantar ese teatro de ensueño y maravilla que ahora resucita, de labios de un anciano, entre el ajetreo dominical del Madrid de los Austrias.
(Eternidad)
Como si toda nuestra vida no fuera más que eso, una maquinita que gira y hace ruido, que se desplaza y hace ruido, que come, que caga, que ama, que teme y hace ruido. Un ruido que no oímos, pero que está ahí, como la propia vida, desgastándose, adelgazándose, hasta que nos damos cuenta de que al fin se ha consumido. Un ruido terrible que acaso Mendizábal oía y del cual pretendió evadirse mediante la música perpetua.
(Ruido de fondo)
Dentro, el hedor era intensísimo. Solo la oscuridad hacía tolerable la espera. La negra traía sollozos que eran como lluvia sucia. A su lado, sentía que David respiraba con dificultad, como si sufriera una pesadilla. Lo abrazó y derramó en su oído una canción de cuna. «Mientras un niño canta —se dijo a sí mismo—, la muerte no trabaja.» Intentaba medir el tiempo con los latidos de su corazón, pero a veces era incapaz de encontrar el pulso. Entonces, regresaba a la grieta.
(…)
Y cuando las puertas se abrieron con un rumor siniestro, como si se descorriera una estancia del infierno, todos se detuvieron admirados al ver con qué energía aquel pequeño, surgido de un rincón de las tinieblas, desnutrido, miserable, frágil pero a la vez animado por una fuerza insólita, saltaba, sí, saltaba con los brazos abiertos en cruz como una mariposa en su último y más elegante vuelo hacia el no menos admirado oficial que lo recibió con un disparo en la boca, mientras en vano trataba de sujetar la furia de su perro, los treinta o cuarenta kilos de sangre efervescente que, al tiempo que el niño se desplomaba sobre las vías con un ruido de trapo mojado, hundían sus fauces en el cuello desnudo.
(La grieta)
El grito, tan ancestral, nos inflama de vergüenza. Pocos actos como el grito nos permiten comprobar hasta qué punto hemos olvidado nuestra animalidad y nuestro pasado, los lugares de donde procedemos. Incluso quien sube al alto de una colina para gritar, aun sabiendo que está completamente solo, experimenta cierto sonrojo al emitir sus primeros gritos. Solo los niños, que tienen una experiencia de la libertad que los adultos hemos olvidado, y los agonizantes, a quienes ya no afecta la escuela de las buenas costumbres, gritan sin avergonzarse.
(Gritar)
La realidad no existe. Es una construcción de conciencia. Hay fragmentos de realidad que están pero no son. La realidad es un mal viaje, un ácido chungo. Yo soy la realidad, el dueño del tinglado, quien decide lo que es y no es real. Iris Roberta es real. En la cama y fuera de ella. Los dos policías que dicen que mate no son reales. Su sangre es un absurdo del sistema judicial, una trampa. Puede escribirlo ahí, por activa o por pasiva, en estilo libre indirecto. Palabra de El Solitario: la realidad es un lugar clandestino.
(Luxemburgo es un estado mental)
Vasili Pávlovich Aksentiev, conde de Abramavicius, había nacido en San Petersburgo en 1883. Heredero de una incalculable fortuna, célibe y sin hijos, la revolución del 17 le arrancó sus propiedades en Nizni Nóvgorod, con sus muchas deciatinas de bosques y campos cultivables, sus legiones de almas campesinas, sus reservas de cebada, grano y azúcar. Sin embargo, la colectivización de sus tierras y la conversión de su residencia veraniega en escuela pública para los desdentados hijos de los mujiks, no impidieron que huyeran a Francia llevando consigo una nada despreciable cantidad de oro, las joyas de su abuela Ekaterina Filipovna, amante del divino Pushkin, y un legado de iconos del período bizantino tardío sin rival en Occidente.
(El caso Abramacius)
