
‘Comerás flores’, de Lucía Solla Sobral: cartografía del maltrato
Con prosa sobria y elegante, y mucha sensibilidad, esta novela, con la que debuta la escritora gallega, acierta al dibujar con sutileza y maestría un dolor profundo
Origen: ‘Comerás flores’, de Lucía Solla Sobral: cartografía del maltrato
Textos
El día en el que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre. Mi padre murió y bajé a Frida a hacer pis. Mi padre muerto y yo lavándome el pelo, eligiendo pendientes, probándome blusas. Ese día tuve que comprar el pan exactamente como cada día, ni muy tostado ni muy crudo, tender la ropa a la vuelta del tanatorio y ponerme los retenedores antes de dormir. Esa noche, vi a mi sobrino llorar y reír. Yo también lloré y reí. No sabíamos qué hacer con tanto dolor en los pulmones. Por las mañanas, me despertaba como si me hubiera quitado un peso de encima. El de la espera constante a la muerte desde la silla para las visitas. Papá había muerto y ya no tenía que esperar a que muriese más.
Tengo: una perra, una amiga, una madre, dos hermanos y un padre muerto.
Antes de subirse a un furgón con los chicos, me miró una vez más. Me avergoncé inmediatamente después, pero le sonreí y lo hice con todos los dientes apelotonados en mis ganas de que bajase, de que se volviese a sentarse cerca de mí y de que dejase que lo viera un poquito más, solo un rato más. Quería aprenderlo de memoria e imaginármelo el resto del verano. Pero el furgón arrancó.
Al día siguiente, se cumplió un año de la muerte de papá, mamá seguía diciendo que no estaba, como si se hubiera ido un momento. ¿Quieres hablar con él? Un momentito, que bajó a por el periódico. ¿Renovar su cuota de la Cruz Roja? Sí, claro, si es socio desde hace treinta años. ¿Un destornillador? Ahora mismo. Pero era mamá la que hablaba, era mamá la que pagaba las cuotas y era mamá la que prestaba sus herramientas. A papá, en un año, no le había dado tiempo a convencernos de su muerte, y yo, en ese mismo año, me había enamorado, me había enfadado con mi mejor amiga y me había mudado a la casa más bonita que había visto nunca. Tantas cosas y papá muerto en todas.
Y otra vez su mano en mi brazo y otra vez un beso que fue largo largo como los rabos de una cereza o como un regaliz o como unas vacaciones en casa. Se acabó el beso y pensé que estamos muy cerca de casa, demasiado cerca. Y le dije que chao, pesado, pero lo besé otra vez y me dio igual estar a trescientos metros de casa. Solo eran unos segundos, unos besos, los últimos. Me despegué. Le dije, este es el último. Y él se rio y mis labios besaron sus dientes y mis muslos, ay, mis muslos. Los rabos de cereza, el regaliz, las vacaciones. Entonces sí me fui. Y paseé con Frida porque volar no podía.
Y llegó la pena, una pena larga y chiclosa que se pegó primero a un dedo y luego al otro y lo manchó todo de alioli. Una pena mala, fea, sucia, sin dientes, como mi boca en sueños, una pena que se me pegó al esternón como se me pega todo lo que me hace llorar, una pena que corre de una punta a otra de una punta a otra de una punta a otra como la hipnosis de un reloj de bolsillo, una pena propia que podría ser dócil o de terciopelo pero que era una pena fina como un sedal. Una pena dura como un sedal. No podía más.
