Lectura: «La vida es breve, etcétera», de Veronica Raimo

Veronica Raimo (Roma, 1978) es escritora, guionista y traductora ABC

CRÍTICA DE:: «La vida es breve, etcétera», de Veronica Raimo: insoportable «ma non troppo»

La autora italiana regresa con siete relatos protagonizados por unos personajes tan poco ejemplares como encantadores a su pesar

Origen: CRÍTICA DE:: «La vida es breve, etcétera», de Veronica Raimo: insoportable «ma non troppo»


Textos

Empezó por casualidad, y al final terminó como terminó. Una tarde me paró por la calle un tío con perilla y unos espantosos zapatos de punta. Pensé que intentaba ligar, sin más, pero resulta que quería ofrecerme un trabajo. Azafata de eventos. Estaba de moda en aquella época. Quizás lo siga estando, no lo sé. Sin los zapatos, el tío era menos repelente, aunque la perilla —aparentemente— no se la podía quitar.

(Los enanos no se miran)


Junto con el diagnóstico del callito, el médico le había recetado una pedicura minuciosa que debía realizarse al menos una vez al día. Compré sales y aceites perfumados en una herboristería cerca de mi casa, que prospera gracias a la imparable propagación de alergias cutáneas y psicosomáticas entre las chicas de Pigneto, todas convencidas de que son intolerantes al gluten, a la lactosa, a los ácaros, a los conservantes, a los detergentes, al cloro, a los fosfitos ya los fonemas, como le oí decir a una tía que tenía delante en la cola. La señora Perillo se sentó como una matrona en su sillón favorito y subió a la televisión mientras yo me encargaba de sus pies y Giovanni lanzaba gruñidos horripilantes en la otra habitación. Me volví hacia la puerta entreabierta de su dormitorio y entreví, en la penumbra, la figura de un hombre de rodillas y desesperado. —Ya no puede soportarlo más —me dijo la señora Perillo—. Tiene los huevos hinchados. —Y eso? La señora Perillo me miró como si fuera idiota. Giosi se sintió profundamente ofendido porque le había echado a perder sus románticas vacaciones en Grecia. «No has hecho una mierda durante meses —me dijo—, y ahora, de repente, has descubierto que eres Virginia Woolf.» Giosi siempre saca una colación a Virginia Woolf cuando pretende ser sarcástico sobre mi trabajo como escritora, y es que está convencido de que es la autora de Cumbres borrascosas, uno de sus libros favoritos, hasta el punto de que le puso ese nombre a uno de sus cuadros. Para compensar, el callito de la señora Perillo ha experimentado una clara mejoría y yo sigo deshornando mis palotes negros.

(El encargo)


Me quedé un rato observando a Mate, que irradiaba su gracia incluso desde esa distancia; Parecía la encarnación de una fantasía romántica, una fantasía falsa, una de esas mujeres gráciles de piel ebúrnea y cabello cobrizo que no existen en ninguna parte excepto en las pinturas victorianas y en la literatura empalagosa, y sin embargo, ahí estaba, en carne y hueso, Mate existía, una criatura con su propia historia, igual que un rábano en un huerto.

(La vida es breve, etcétera)


Las paredes todavía huelen a pintura, el parque a cola y las ventanas tienen el esplendor artificial del limpiacristales. Me preparo el café con gestos ceremoniosos que me avergüenzan un poco, como las niñas que juegan a hacerse las señoras, me doy pisto conmigo misma. La idea me hace sonreír y enseguida me deprime. Debería avergonzarme de una meta que siempre he despreciado en las mujeres de mi familia, en las amigas a las que he dejado de ver. Pero es que me apetece celebrar el momento, es la primera noche que he dormido en mi nueva casa. Busco el orgullo en el cansancio de los últimos meses: las discusiones con el banco, con los obreros, con los empleados del gas. Toda la arrogancia de los hombres. Todas las veces que oía cómo unos charlatanes profesionales me llamaban «señorita».

(El regalo)

Como es lógico, llegó el momento en que él se fue de casa. El momento en el que había dos grandes bolsas de viaje, la suya y la mía —«Ya te la traeré»—, juntas en la entrada. Llegó el momento en que las metió en el ascensor junto con la bicicleta desmontada, la guitarra y las bolsas de Ikea llenas de libros.

(Presencia)


La maestra Devota nos hacía rezar todas las mañanas antes de clase; insistía en particular en la oración dirigida al Niño Jesús. Era una oración carente de métrica, carente de ritmo y carente de versos memorables. Hoy tengo la sospecha de que se la había inventado ella, pero el caso es que, si busco en Google «oraciones para el Niño Jesús», no encuentro nada mejor en línea; Yo diría que es un espacio de experimentación poco explotado aún.

(El Premio Generosidad)

Esta entrada fue publicada en El oficio de lector, Lecturas y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario