
Textos
El invierno de 2012, desoyendo el sentido común y por motivos no del todo relacionados con la escritura —por más que yo dijera lo contrario— que todavía hoy sigo sin ver con claridad, visité el Campo de Ohama, en Japón, donde mi padre había estado prisionero. Hacía un frío de mil demonios y el cielo plomizo daba una tonalidad lúgubre al mar interior de Seto, donde mi padre fue obligado a realizar trabajos forzados en una mina de carbón situada bajo el nivel del mar.
«¡Bomba va!», dijo Thomas Ferebee a las 8.15 horas del 6 de agosto de 1945, tirando de una palanca a nueve mil quinientos metros de altitud sobre Hiroshima. Las compuertas del B-29 se abrieron y una bomba atómica bautizada con el nombre en clave de «Little Boy» salió del vientre de la nave, activando una complicada secuencia de cables detonadores, clavijas eléctricas, temporizadores, fusibles barométricos y altímetros. Cuarenta y tres segundos más tarde, a 580 metros del suelo, el último circuito se cerró, para detonar —con una explosión diminuta— cuatro bolsas de polvo de seda, cargadas con novecientos gramos de cordita cada una, lo que a su vez inició la explosión artificial más grande de la historia de la humanidad. Y las cuatro bolsas de polvo de seda quedaron reducidas a vapor y energía, junto con las sesenta mil almas japonesas que ascendieron con ellas a los cielos.
Tal vez la única respuesta que pueda darse a Hiroshima sea hacer la pregunta 7. Aunque imposible de responder, es la pregunta que tenemos que seguir haciendo, ni siquiera para comprender que la vida nunca es binaria, ni reductible a palabrería o a código, sino un misterio que, a lo sumo, intuimos. En los relatos de Chéjov, los únicos tontos son los que saben las respuestas.
De las muchas ilusiones necesarias que permiten escribir a un escritor, dos son primordiales: una es la vanidad de creerse capaz de escribir un buen libro, y la otra, la presunción de que un buen libro caerá en manos de buenos lectores, de personas con intuición para reconocer lo que tiene de bueno. Pero, naturalmente, los buenos lectores son tan raros como los buenos escritores, puede que incluso más, y la mayoría de los libros se encuentra, por consiguiente, solo lectores mediocres. Los escritores despotrican y alegan que se los malinterpretan, y los mediocres medran gracias a que son malinterpretados; algunos incluso acaban, así, por accidente, en el panteón de la grandeza, y la arcilla de mala calidad con la que han modelado su obra se reviste, para la eternidad, de la afortunada pátina de las lecturas inteligentes.
Cuando morí en el río Franklin, a los veintiún años, todo fue como siempre había sabido que sería. Desde entonces, todo ha sido un sueño increíble. Estoy cada vez más convencido de que, en mis últimos momentos, despertaré en la oscuridad del río y veré que nunca salí de allí y que voy a ahogarme, y que la única novela que he escrito ha sido mi vida. Quizás esto sea un cuento de fantasmas y el fantasma, yo.
A mi madre le impresionaron las manos. Había gente con manos listas mientras que otros estaban todos los dedos. Su querido padre era hábil con las manos. Empleaba la palabra «listo» en su sentido arcaico, de ser hábil con las manos, de tener destreza manual. Adentrarse demasiado en el mundo de las ideas era una fuente inagotable de dilemas, incluso de peligros. Unas buenas manos conducían a una buena vida, mientras que un exceso de ideas solo creaba problemas.
