P.: Quiero preguntarle un poco por sus hábitos de trabajo, si me lo permite. ¿Qué horario hace?
R : Escribo todas las mañanas entre semana. Intento diversificar mi actividad, y en ese sentido me ayudan mis versos, mi poesía. Cuando estoy embarcado en un proyecto largo, inento ceñirme a él incluso en los días de tedio. Por cada novela que he publicado, sin embargo, ha habido otra inacabada o que ha terminado en la basura. Algunos relatos -y se me ocurren, sin pensarlo mucho, «Lifeguard», «The Taste of Metal» o «El dedal de mi abuela»- son fragmentos rescatados o reformulados. La mayoría de cosas salen bien de entrada, avanzan gracias a su propia combustión, como decía Frost de sus poemas. Pero si no hay combustión, si la historia no deja de encallarse, es mejor parar y mirar a otra parte. En la ejecución tiene que haber una «alegría» que no se puede forzar ni predeterminar. Tiene que cantar, algo tiene que hacer «clic». De entrada, intento poner en movimiento cierto suspense o curiosidad que me permite avanzar, y al final del relato o de la novela rectificar ese impulso, completar el movimiento.

Entrevista con John Urdike (“The Paris Review”. 1953-1983)