La primera biblioteca de mi infancia. Irene Vallejo


No olvido la primera biblioteca de mi infancia. Desde muy niña, sabía que en todos los cuentos hay un bosque; al entrar en sus misteriosos caminos, el protagonista siempre tropieza con la magia y acaba encontrando alguna maravilla. Yo también caminaba entre árboles, de la mano de mi padre, en las largas tardes de julio. Solíamos ir los dos juntos a una biblioteca pequeña en el Parque Grande. Era una casita que, por su aspecto y su tejado, a mí me parecía sacada de algún cuento o quizá de un país alpino. Entraba en su interior en penumbra, escogía un tebeo y volvía a salir al luminoso exterior del parque con el tesoro bien abrazado, hasta elegir un banco donde leerlo. Y lo leía a conciencia, desde la primera a la última letra, bebiendo los dibujos y las palabras, mientras la tarde declinaba lentamente y se escuchaba la música metálica de las bicicletas al pasar. Cuando terminaba, devolvía el tebeo que había sido mi botín durante unas horas, salía del bosque y volvía a casa con la imaginación bullendo en la frescura del anochecer.

Irene Vallejo
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