
Crítica de: ‘El día del lobo’, de Antonio Soler: el ‘Guernica’ de Málaga hecho novela
Narra la matanza de centenares, quizá un millar, de ciudadanos republicanos, población civil de familias enteras con críos, que huían de las tropas de Queipo de Llano en la carretera que va de Málaga a Motril
Origen: Crítica de:: ‘El día del lobo’, de Antonio Soler: el ‘Guernica’ de Málaga hecho novela
Textos
Había una vez una ciudad quemada y un invierno frío. Saliendo de esa ciudad había una carretera serpenteante con largas cañas de azúcar a los lados. Y las cañas formaban un pasillo por el que andaban niños extraviados, personas asustadas y heridos. No se sabe cuántos eran los lastimados ni los niños perdidos. Los números fueron una batalla más dentro de la guerra. Así sucede siempre en ese asunto de carteristas de la Historia y usurpadores profesionales de la verdad. También de almas bienaventuradas, niños cándidos que continúan creyendo en hadas después de cumplir cuarenta años….
… Ese fue el cuento de mi infancia. El más impresionante. El cuento que siempre le pedía a mi abuela materna que me contara. Su viaje al infierno. Allí siempre estaba el lobo acechando. Mostrando los colmillos afilados, su semilla de sangre. El lobo que vino todos los días. No había encantamientos, brujas ni monstruos de tres cabezas que pudieran compararse con aquella historia.
ntentan seguir el compás de la vida, de ese mundo que es más extraño que nunca y que al mismo tiempo se muestra más real, más descarnado. El mundo que impone una separación dictada por la decisión de unos hombres a los que les ponen cara, como si fueran los amos de su destino. Emilio Mola, Francisco Franco, Gonzalo Queipo de Llano. La decisión que esos hombres tomaron meses atrás en cuarteles lejanos, en conversaciones telefónicas y mensajes cifrados y que ahora, en ese dormitorio, se manifiesta como el mandamiento de un dios tan despótico como inevitable. No importa que no creen en él ni que sean enemigos de su religión. Sus ángeles negros han descendido, o ascendido, a la tierra y marcan el camino de su existencia y el de millones de personas que, al igual que ellos, tan ingenuamente como ellos, pensaban que eran los dueños de sus vidas.
Es solo el comienzo, un suave y leve comienzo para lo que está a punto de desencadenarse. Más o menos el infierno, más o menos las dentelladas de un lobo extremadamente poderoso y extremadamente hambriento, con mandíbulas de acero tronzando, masticando y escupiendo la carne de los despavoridos niños que corren ante sus rugidos. Niños pequeños que apenas saben andar, niños varones de cuarenta años, niños mujeres de edad provecta, niñas púberes, impúberes, niñas soldados, niñas inválidas, niños milicianos experimentando el sabor dulzón del terror puro, la inminencia de la muerte y el descuartizamiento flotando a su alrededor como una mariposa juguetona que va y viene sin rumbo fijo y cuyo roce acarrea la muerte.
Mi madre y las tardes huecas de las que una vez me habló. Ella también tenía la mirada fija en una ventana por la que bajaba el sol con lentitud de araña, las manos como un cuenco, sin dios al que poder orarle ni ofrecerle penitencia, su voz a veces cruzando la estancia, dónde estás, como una ciega hablándose a sí misma, a mi padre, quinientos kilómetros al norte por una tierra llena de hierro y escombros
Ellos, como Jonás, eran el símbolo de la desobediencia a las alturas y del castigo que acarrean la rebeldía y la insubordinación, el desacato a los preceptos de la vida virtuosa que ahora predicaba y hacía cumplir el patriarca Arias Navarro, Carnicero, Carnicerito de un apocalipsis cuartelero y mezquino, juez supremo de la miseria, Administrador Primero del Miedo. Lacayo de su amo. Afilando cuchillos, llamando a las puertas de la noche y llevándose a gente de la que nunca más volvió a saberse hasta que fueron encontrados en un descampado, sin orejas, lengua, testículos o pezones. O tal vez sí, tal vez se logró conocer su suerte cuando su nombre apareció en la lista sucia del penal y lo único que quedaba de su persona era el pequeño hato, una camisa, un vestido arrugado, dos alpargatas o un reloj con la hora quieta. Legionarios, falangistas, regulares, guardias civiles, voluntarios del terror, espontáneos, aficionados a la purga, chivatos, justicieros, hijos y esclavos de la venganza y el rencor, toda la orquesta tocando pomposamente a difuntos, reclamando la sangre purificadora, regando la tierra en abundancia, como reclamaba el buen patriarca Francisco Franco con sus galones ganados en África, bendecidos todos por los capellanes castrenses y los obispos con muelle bajo el brazo, las sotanas ondeando al viento negro, las nuevas banderas con la calavera estampada y el crucifijo oscilando en el bondadoso pecho como un péndulo macabro. Era el tiempo de la fe y los asesinos, la bendición apostólica que había venido a sustituir ya reparar el cacareo revolucionario y la escabechina igualitaria con una paternal, ejemplar y firmísima mano de hierro, amén.
