Lectura: «pequeñas mujeres rojas», de Marta Sanz

 Oscuras bifurcaciones | Babelia | EL PAÍS

Marta Sanz construye voces y espacios concretos y mentales, y deconstruye los discursos que se cruzan, poniendo al descubierto las zonas oscuras de la novela

Origen: Oscuras bifurcaciones | Babelia | EL PAÍS

 


Textos

Nosotros éramos oriundos y también éramos de otra parte. Somos los niños perdidos y las mujeres muertas. Dios no existe —damos fe de ello— y nosotros aquí andamos siempre sonrientes.


Y eso me recuerda, mi querida Luz Arranz, que mientras convertimos la naturaleza en paisaje para besarnos bajo la fresca sombra de un álamo del río, unos metros más allá es muy posible que un azor destroce, con delectación y hambre, el intestino de un polluelo de perdiz que no termina de morirse mientras se lo comen y conserva los ojitos redondos muy abiertos acaso pensando que ya nunca será su destino una lata de perdiz en escabeche. Perra vida. Vida perdida.


Rosa me contó que, poco después de descubrir el mohoso libro de las delaciones, el proceso de ordenar premisas y adentrarse en el territorio de lo posible fue interrumpido otra hermosísima mañana de verano por la llegada de María Melgar, la dueña de la tienda de comestibles —una definición cuestionable, casi jocosa—, que relinchaba caballo como desbocado, negro y sudoroso, alzado sobre las patas traseras: «¿Por qué no nos dejáis en paz?, no veis que andáis rompiendo familias, provocando que los hermanos se enemisten, dando miedo?» La mujer de la tienda de ultramarinos manoteaba frente a las voluntarias dejándoles ver la cinta oscura, negra, amarronada, rojiza —querido Olmo, cuánto me acuerdo de ti y de tus discapacidades— que adornaba el borde de sus uñas.


Durante el mes de septiembre y el mes de octubre, fueron muchos los que desfilaron por la caseta de Tomé Melgar: el marido de la mujer hermosa que poco después fue violada, purgada, rapada y asesinada junto a toda su prole; el hombre que, de haber sobrevivido, habría sido el consuegro de uno de los miembros del pelotón, y con esa parentela tenebrosa se habrían culminado los bucles y tirabuzones de la muerte o el absurdo de las mujeres, enterradas en la arena, a las que solo se les ve un cráneo parlante —hasta Beckett llegamos a estudiarnos del aburrimiento que teníamos—. Tal vez ese fusilamiento de consuegros futuros encarnase el espíritu de la conciliación.


Jesús Beato siempre traía apuntados en su cuaderno los motivos de condenación: morder la hostia que era el cuerpo de Cristo, conspirar, promover reuniones clandestinas, ser un fornicador o una puta, dar dinero a los rojos, pronunciar un discurso, esconder una pistola, ocultar víveres. Después de cada saca y cada fusilamiento anotaba los beneficios: otro pinar, una tienda, un solar vacío, una casona. Jesús Beato acompañaba a los ejecutores, que después se lavaban las manos y se refrescaban la cara en la caseta del peón.


Quien escribe estas páginas aparece, justo en este instante, fugazmente como Alfred Hitchcock en sus películas —transeúnte que sube o baja del tranvía, bebedor de Martini a la hora del aperitivo—, para constatar dos hechos: que quien escribe siempre es, centrípetamente, personaje de una obra y que los personajes de una obra son las centrifugaciones enmascaradas de quien escribe. Quien escribe se ensimisma o se enajena igual que sus personajes, que se encastillan o se hacen lonchas.

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