La traducción. Natalia Ginzburg

Traducir significa pegarse y aferrarse a cada palabra y escrutar su sentido. Seguir paso a paso y fielmente la estructura y las articulaciones de las frases. Ser como insectos sobre una hoja y como hormigas en un sendero. Pero mientras tanto mantener los ojos alzados para contemplar todo el paisaje, como desde la cima de una colina. Moverse muy despacio, pero también muy deprisa, porque en tanta lentitud está y debe estar presente también el impulso de recorrer a gran velocidad el camino. Ser hormiga y caballo a la vez. El riesgo es siempre ser demasiado caballo o demasiado hormiga. Tanto lo uno como lo otro estropean la obra. La lentitud no debe aparecer, solo debe verse la carrera del caballo. Las palabras nacidas tan despacio no deben parecer arrastradas o muertas, sino frescas, vivas e impetuosas. La traducción está hecha por tanto de esta contradicción que parece insalvable. Figurémonos si teniendo que luchar diariamente con tal contradicción, el escritor puede cargar con el peso de su persona, con el embarazo de su estilo. No, conviene que, durante algún tiempo, deje aparte todo esto. Hormiga y caballo, soberano y vasallo al mismo tiempo, el escritor, en el acto de traducir, llega a conocerse a sí mismo con una vestimenta y una condición nueva.

Natalia Ginzburg
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