
‘Ganarse la vida’: infancia, familia y escritura según David Trueba
En este breve libro el director va contando el origen de su vocación de escritor desde que era un niño que aprendió con retraso a leer y a escribir
Origen: ‘Ganarse la vida’: infancia, familia y escritura según David Trueba
Textos
A mi madre se le daban bien las plantas. No les hablaba ni hacía con ellas nada especial. Era un cariño delicado y discreto con el que arrancaba las hojas muertas, repartía los nuevos esquejes y giraba los tiestos para orientar hacia el sol la cara que se estaba quedando más triste. Los geranios floridos de mi madre en las cuatro ventanas que daban a la calle del barrio de Estrecho en el que vivíamos atraían la mirada desde lejos. Algunas mañanas era mi padre el que se empeñaba en regar las macetas con una garrafa de agua. Solía causa destrozos a su paso.
La misma buena mano que tuvo mi madre con las plantas la tuvo con sus hijos. No era ese cariño atosigante que vi en otras casas o la monserga perpetua de algunas madres de amigos. Era esa misma calidez que conseguía que le brotaran las flores sin grandes esfuerzos. Así le brotaron ocho hijos. Yo era el pequeño y me llevaba con mi hermano mayor, Juanjo, los mismos años que mi madre con él, dieciocho.
Pero antes de conocer el colegio por dentro y su disciplina disparatada, las narraciones de los tenderos del mercado y las intervenciones más brillantes de la radio fueron mi escuela narrativa. Cuando llegaba la hora de reunirnos todos a la hora de comer y cenar, la única posibilidad de meter baza en la conversación era servir de fuente de información y anécdotas para mis hermanos mayores. Yo les contaba quién había muerto, qué noticias eran relevantes, y les ponían al día de la rumorología del barrio. El mundo entonces era oral y la capacidad de hablar se adquiriría de manera natural.
Me aficioné a la lectura al perder la fe religiosa. Sucedió durante los cursos de catequesis para hacer la primera comunión. El cursillo tenía lugar los viernes por la mañana, antes de entrar a clase, ya ellos acudían a veces algunas chicas de la franquicia femenina del colegio. Así sucedió con la hermana de mi amigo Rafa, cuando el tutor nos dijo que se sentara entre nosotros dos en el pupitre que compartíamos. Las chicas salesianas tenían la costumbre de dar dos vueltas a la cintura de sus faldas para acortarlas. El muslo desnudo de Almudena se rozaba con el mío durante la catequesis. Una mañana en que el sacerdote nos explicaba el sentido profundo por el cual Dios resulta ser uno y trino, de pronto todo el edificio místico se vino abajo ante la presencia rotunda de lo carnal.
El rito de paso entre escribir para ti mismo y publicar es comparable a saltar entre dos azoteas de edificios distintos. Suele abrumar la responsabilidad. Recuerdo que terminé de escribir mi primera novela y la guardé en una carpeta, de la que tardaría varios años en volver a sacarla. Ya no se trataba de un juego privado, sino que iba a exponerme ante los lectores. Ese limbo entre la profesionalización y la irresponsabilidad es una de las fricciones mágicas del oficio.
