El placer de la literatura. Antonio Muñoz Molina

No todo el mundo incluiría a la escritura en un catálogo de los placeres, ni siquiera de los placeres imaginarios. Nuestro tiempo, que exalta groseramente el trabajo y proscribe la indolencia, mal puede tolerar el ejercicio de un arte que no sólo es difícilmente regulable por la varia especie de los oficinistas, sino que además no sirve para nada. Por eso, igual que un libertino sorprendido en trance pecador con una joven cándida elude la ira de sus perseguidores mintiendo una promesa de matrimonio, el escritor tiende a encubrir el gozo inútil de su oficio inventándole coartadas o justificaciones misionales que lo hagan respetable. Desde Flaubert, tal vez desde Baudelaire, el ejercicio de la literatura, que antes era un don de la pereza, busca impúdicamente los prestigios del sufrimiento y aun de la maldición, lo cual, si bien se mira, es una extravagancia reciente: entre los antiguos, que admiraron a Sófocles porque vivió 90 años y nunca dejó de ser feliz, la figura de Eurípides, hombre huraño y desdichado y cercado por el fracaso, nunca fue emblema del artista, sino misteriosa excepción. La falacia romántica del artista infeliz es lugar común e incluso artículo de fe que no pocas veces certifica la calidad de una biografía y de una obra. Baudelaire había hablado siempre de la voluntad como impulso único del genio, pero aún queda en él una certidumbre de lo heroico que alza sobre el adivinado suplicio una elegancia de dandy.

Antonio Muñoz Molina

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