
David Uclés, escritor: «Es hora de crear un cuerpo público de historiadores, sociólogos, profesores y filósofos que construyan la memoria histórica» | El Periódico de España
El joven autor, que también es músico y pintor, se ha convertido en un pequeño fenómeno literario con su novela ‘La península de las casas vacías’, en la que se atreve a narrar la Guerra Civil desde el realismo mágico
«Alguna vez, ha venido escondiéndose tal o cual madre o esposa fugitiva anhelando saber la suerte de los suyos. Cuando recorren estas calles y estas casas vacías y en silencio, cuando comprueban espantadas que no queda alma viviente, huyen otra vez aterradas». MANUEL CHAVES NOGALES
He aquí pues la historia de la división total de una familia, de la deshumanización de un pueblo, de la desintegración de un territorio y de una península de casas vacías.
Aquella mañana de julio, Eva iba a anunciar lo que estaba pasando en Madrid, el golpe de Estado que estaba terminando de fraguarse, la brecha que haría que los hunos y los hotros se mataran entre sí. Pero nadie lo escucharía, ni siquiera la familia de Odisto, que para entonces ya estaría bien lejos del pueblo.
Asomó el ataque por la puerta y las primeras leguminosas cayeron sobre la casa de María. El cielo regaló a la familia una lluvia de garbanzos para que al menos recuperaran la cosecha que habían perdido. Tras el gesto celestial, la familia suspir aliviada. No era buena señal que el cielo no lloviera nada una vez finalizado el velatorio. La familia que no recibía simiente de las nubes se consideraba olvidada por Dios y caía en desgracia, esto último más social que divinamente. También había lluvias que avergonzaban a la familia: de reses muertas, sangre mefítica, insectos retorcidos, aves en descomposición o gotas de óxido.
… Sinéad terminó de hornear un pastel de ruibarbo para que lo llevaran consigo sus dos hijos gemelos, rubicundos guerrilleros de la Brigada Irlandesa de más de tres mil hombres que, si morían por Dios, nada temían. Con los tallos más duros hizo dos cruces que les colgó del cuello para que no olvidaran que no iban a una guerra, sino a una cruzada católica de donde, si morían, ascenderían directos al cielo.
Es cierto que hubo algunos milicianos, sobre todo los más mayores, que presenciaron con disgusto lo ocurrido, pues iba en contra de los valores republicanos, y pensaban que con actos así se estaban poniendo a la altura del adversario, a quien, según decían, le temblaba menos la mano para derramar sangre. Pero no dejaron que se atisbara ni un ápice de aquel pensamiento, temerosos ante las posibles represalias, no fueron a ser ellos los siguientes en salir en procesión. «Los unos rapan a nuestras mujeres, las violan y las pasean cagándose por la ciudad; y nosotros sacamos en procesión a un matrimonio casi muerto y toreamos a los terratenientes. ¡Esto no es una guerra de defensa ante un golpe de Estado, esto ya es una guerra civil total!», bisbiseaba a un compañero el miliciano cordobés de mayor edad, Acacio.
La idea de usar a las milicias para preservar los tomos de aquella biblioteca había surgido de una mujer llamada María Moliner, miembro de la Institución Libre de Enseñanza, que desde Valencia movía tantos hilos como podía para que las letras se salvaran. Durante el día, la mujer hacía política con finos lingüísticos y por la noche se paseaba por los campos con un cuaderno: salía a cazar palabras. Decía que era más fácil cuando el resto dormía, que la mayor parte de los vocablos eran tímidos y se hacían desear.
Dos mujeres Dos mujeres en el mismo país. Ibérica. La una es republicana e ingeniera, y trabaja en un liberador de prostitución erigido por Federica Montseny; acude esta mañana a abortar al hospital. Obtendrá un tratamiento moral y de derecho, constituido para defenderla y ayudarla durante el proceso. La otra es franquista. Quiso estudiar, pero no la dejaron. Está inscrita en la Sección Femenina falangista, donde le enseñarán a coser, a tundir mantas y, en definitiva, a ser una esposa fiel y una buena ama de casa. Descienda la calle tapada de arriba abajo con tela negra y acude a misa. Se santigua al ver a una mujer embarazada y no casada.
Agde Txell llora en un lugar apartado del campo la ausencia de su marido y de su hijo. Habían cruzado la frontera los tres de la mano, pero el gobierno francés los separó nada más pisar el territorio galo. Mandaron al marido a un campo lejano. No se volvió a ver más. Semanas después, le quitaron el hijo de los brazos y lo enviaron a México. Tampoco lo volvió a ver más. Txell quedó sola y desamparada. Pasada la guerra, vendrán a por ella y la repatriarán. Se vestirá de luto y cerrará las ventanas de su casa para siempre, donde esperará una muerte temprana.
