P.: Si me permite centrarme ahora en su obra, me gustaría preguntarle por algo que dijo usted en cierta ocasión, concretamente que a usted le imponía mucho empezar a escribir relatos.
R.: Sí, me imponía mucho porque, cuando era joven, me consideraba un poeta y me decía: «Si escribo un relato, todo el mundo se dará cuenta de que soy un advenedizo, de que estoy penetrando en territorio prohibido». Entonces sufrí un accidente. Aún tengo la cicatriz, tóqueme la cabeza aquí y podrá comprobarlo. ¿Nota todas esas protuberancias, esos bultos? Pasé quince días en un hospital. Tenía pesadillas y no podía dormir: padecía de insomnio. Después me dijeron que había estado a punto de morir y que había sido extraordinario que la operación saliera bien. Empecé a temer por mi salud mental. Me dije: «Tal vez no pueda volver a escribir». Si hubiera sido así, mi vida habría estado prácticamente acabada, porque la literatura es muy importante para mí, y no porque crea que lo que yo escribo sea especialmente bueno, sino porque sé que no puedo vivir sin escribir. Si no escribo, siento una especie de remordimiento, ésa es la verdad. Entonces me dije que debía probar a escribir un artículo o un poema. Sin embargo, pensé: «He escrito cientos de artículos y poemas. Si no lo consigo, sabré definitivamente que estoy acabado, que todo ha terminado para mí». Así que preferí probar algo que nunca antes hubiera intentado: si no salía bien, no habría de qué extrañarse, pues, al fin y al cabo, no tenía ninguna otra razón para empezar a escribir relatos breves. Me serviría para prepararme para el golpe devastador y definitivo: saber que había llegado el final, Escribí un relato que, si mal no recuerdo, se titulaba «Hombre de la esquina rosada», (parece que fue “Pierre Menard, autor del Quijote) y a todo el mundo le encantó. Sentí un enorme alivio. De no haber sido por aquel golpe que me había dado en la cabeza, tal vez nunca habría escrito relatos breves.

Entrevista con Jorge Luis Borges (“The Paris Review”. 1953-1983)