Autora fundamental, tan genial como personalísima, y con una escritura obsesionada por dar cuenta tanto de las sensaciones corporales como de las penas, los anhelos, y los vaivenes mentales de sus personajes, Deborah Eisenberg dedica un año entero a la escritura de cada uno de sus relatos. Un cuento de Eisenberg nunca es solo un cuento, sino más bien una condensación de múltiples capas y dimensiones textuales; una entidad que, a fuerza de maestría, en su densidad reluce con un brillo único y con una tersura tan simple y tan compleja como la vida misma. Con La venganza de los dinosaurios Chai completa la selección de sus mejores relatos. ´Peligros como estos´ retrata la enmarañada amistad, ambivalente pero al mismo tiempo inevitable, de dos jóvenes en Nueva York; ´Cómo era verse con Chris´ aborda desde la inocencia cuestiones inquietantes; ´El robo´ profundiza sobre el desencanto de la adultez; ´Sirenas´ narra, desde una mirada infantil, cómo se hace pedazos una familia; ´La venganza de los dinosaurios´ disecciona la complejidad de los vínculos familiares; quizás ´El crepúsculo de los superhéroes´ sea el mejor cuento sobre el 11 de septiembre jamás escrito. En cada uno de estos relatos, la mirada sagaz y sumamente singular de Eisenberg genera una extrañeza que resulta familiar, una excentricidad en la que uno se reconoce. Su maestría reside en la sutileza y habilidad con que se acerca al complejo núcleo vital de cada uno de sus personajes. El paso del tiempo, las dificultades y confusiones de los vínculos amorosos y el desconcierto frente a un mundo que parece estar derrumbándose son narrados por Deborah Eisenberg con ternura, humor y una lucidez fuera de serie.
(Contraportada)

Textos
Por la mañana, cuando Patty volvía de trabajar, Stuart se quedaba despierto el tiempo suficiente como para leerle algo hasta que ella se dormía. Si había sido una noche normal en el restaurante, le leía lo que fuera que él estuviera leyendo en ese momento, y Patty pronto se aburría tanto que se le cerraban los ojos. Pero si había sido una noche complicada y ella estaba muy despierta, Stuart le leía historias antiguas y extrañas de príncipes que se convertían en cisnes, de cisnes que se creían patitos de baja categoría, de enamorados que mágicamente sabían qué camino, qué puerta, qué dirección o qué respuesta elegir, de chicas casi inocentes que caían en trances maléficos, y de soldados o chicos pobres cuyo ingenio les aseguraba un futuro brillante. Y mientras Stuart le leía, Patty se deslizaba por bosques oníricos, bañados en la luz dorada del sol, donde se encontraba con aquellas criaturas que ella conocía tan bien, por más que las criaturas mismas, engañadas momentáneamente, no estuvieran al tanto de su verdadera naturaleza.
(“Peligros como estos”)
De niña, me preguntaba (como todos, supongo) si había alguien más en alguna parte del mundo, o incluso del universo, o si había habido alguien en algún momento de la historia que hubiera vivido exactamente lo que yo estaba viviendo entonces, y me moría de ganas de que fuera así. Pero luego deduje que eso no podría pasar nunca, porque cada momento es la suma de todas las cosas que pasaron antes y de todas las cosas que pasarán después; cada momento no es más que el aspecto que tiene todo eso en un punto de la secuencia que se va creando. Y pensé que quizá alguna vez haya existido, digamos, una princesa que perdió el anillo de su madre en un bosque, y que en alguna otra galaxia una extraña criatura puede haber caído, chillando, en la orilla de un lago rojo, y que en ese mismo instante podía haber un hombre mirando por la ventana hacia una calle llena de gente, apuntando con un revólver cargado, pero que ahora mismo ahí solo estaba yo, después de Chris, mirando a esa tortuga en el aula de cuarto grado y preguntándome si ese animal moriría antes de que yo pudiera dejar de ira verlo.
(“Cómo era verse con Chris”)
Ese patio tranquilo. La vajilla de porcelana, y toda esa madera antigua y lustrosa. Qué fortaleza más endeble había terminado siendo la casa de los Bingham. A eso se había reducido su vida: a la cáscara vacía de sus cuerpos. Los Bingham se tenían en alta estima. Que muchas de las cosas preciosas que poseían hubieran terminado en sus manos les parecía bien merecido. Pero cuando el robo destruyó esa frágil ilusión de invulnerabilidad, sus méritos ya no se sentían a salvo tampoco. Y todo lo que el mundo les había dado ahora les parecía claramente provisorio. Lo que tenían, pensó Jill, lo que ellos mismos eran, podía terminar en la basura en cualquier momento, igual que la más vieja de sus posesiones, sus cuerpos.
(“El robo”)
Mi cerebro se enrolló como un tubo y por ahí brotó torrenciaļmente mi infancia, imágenes fugaces de cuando venía a este apartamento con mamá, papá, Peter y Bill, y de mi abuela, ágil y decidida, el recuerdo del aroma delicioso cuando se agachaba para hablarme, y de sus dientes grandes y bonitos, y de todo ese pelo plateado que ella podía recogerse con un broche en un segundo, decorándolo con algún detalle increíble. La florida vajilla de plata para tomar el té, la delicada rodaja de limón flotando como dormida en esa tacita tan frágil, las sillas de terciopelo, el cuadro de ese mundo misterioso, bello, frondoso en la pared, en el que uno prácticamente podía meterse… la luz, apenas se abría la puerta, de una época distinta, la luz encantadora, extraña y empañada que existía antes de que yo naciera.. Fragmentos traslúcidos de la memoria, que se arremolinaban en aquel tubo y luego se desvanecían. Abuela, dije.
(“La venganza de los dinosaurios”)
La noche anterior había soñado con Delphine, un sueño delicioso, efervescente como una copa de champán, lleno de amor y belleza: un amor extraño, refinado, un sentimiento que no recuerda haber sentido nunca en la vigilia, un amor puro, sincero, fulgurante.
Todavía parece envolverlo, flotando en el aire de la terraza, perfumado, brillante, evanescente.
(“El crepúsculo de los superhéroes”)
