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Para mí, con permiso, esa librería es uno de esos lugares donde se podría encontrar casi cualquier cosa, incluso con los ojos cerrados, sin apenas esfuerzo. Una cueva amueblada donde el relativo desorden es sólo aparente, porque, probablemente, por la noche los libros se colocan ellos mismos en el anaquel o pila que prefieren. El dueño está acostumbrado, no les lleva la contraria ya, y se concentra en la bellísima iluminación (en todos los sentidos), que no es poca cosa en el metereológicamente nublado Edimburgo.
Perdonen la pesadez pero estas imágenes me han maravillado de tal modo que he conjeturado lo siguiente, por DISPARATADO que sea:
1. Hay datos («detalles» se diría en moderno angloespañol) e indicios que llevan a pensar que el dueño/a de la librería sea un hobbit o un enano, según la descripción de Tolkien, aunque desee ser tratado como un escocés más;
2. El dueño ha leído, de un modo borgiano, todos los libros, pasados, presentes y futuros. No obstante, cuando un cliente le pregunta no le abruma con su cuasi omnisciencia, sino que le da una referencia rápida, y punto;
3. Distingue al lector genuino del turista curioso o despistado, y a aquél le invita a una taza de té en invierno, y a una zarzaparilla en verano, en ocasiones deja la llave de la librería al cliente/lector y se marcha a tomar unas pintas a MacClean’s, en frente, de donde podría no regresar hasta el día siguiente, si hubiera motivos suficientes para ello (por supuesto, no tiene teléfono móvil en el que localizarle);
4. No tiene ningún interés en vender ejemplar alguno, regateando por arriba (los precios tampoco están marcados), ya que se considera un mero custodio de los libros. Si alguna vez cierra algún trato, le da la mano al cliente y se despide personalmente del volumen vendido, firmando y rubricando la fecha y hora de la transacción en algún sitio, sin pedir permiso al comprador, estampando un gran sello, y aconsejando al cliente cómo cuidar del tomo.