Lectura. ‘Lecciones’ de Ian McEwan

Ian McEwan. Foto: María Teresa Slanzi

Las ‘Lecciones’ de Ian McEwan: el valor del olvido y de aceptar las derrotas

El nuevo libro del escritor británico se lee con el placer de las mejores novelas victorianas que nos introducen en cada espacio del relato.

Origen: Las ‘Lecciones’ de Ian McEwan: el valor del olvido y de aceptar las derrotas


Textos

Nadie podía saber lo que le pasaba por la cabeza a un niño de siete meses. Un vacío sombreado, un cielo gris de invierno contra el que estallaban impresiones –sonidos, imágenes, tientos– cual fuegos de artificio en arcos y conos de colores primarios, olvidados al instante, sustituidos al instante y olvidados de nuevo. O un hondo pozo en el que todo caía y desaparecía, pero permanecía, irrecuperablemente presente, formas oscuras en aguas profundas ejerciendo su atracción gravitatoria incluso ochenta años después, en lechos de muerte, en últimas confesiones, en llantos postreros por el amor perdido.


Al final, de regreso en Londres, tuvieron una bronca, no un huracán, pero bastante fuerte, y amarga. Fue en compensación de todo lo que habían eludido. A Roland le asombró la intensidad de su propia ira y con qué aspereza respondía ella. Era dura a la hora de discutir. Como no podía ser de otra manera, su disputa tuvo que ver con la RDA. Él intentó contarle lo que sabía de la Stasi, sobre la intromisión del partido en las vidas privadas, sobre lo que eso significaba, no tener libertad para viajar, para leer tal o cual libro ni escuchar cierta música y sobre cómo quienes se atrevían a criticar. al partido se arriesgaban a que les quitaran a sus hijos y les negaran su opción laboral. Ella le recordó la Berufsverbot, la ley alemana occidental que excluía del sector público, incluida la enseñanza, a quienes se percibía como críticos con el Estado además de a los terroristas. Le habló del racismo en América, de su apoyo a dictadores fascistas, del inmenso arsenal de la OTAN, del desempleo y la pobreza y los ríos contaminados por todo Occidente. Él le dijo que estaba cambiando de tema. Ella le dijo que no estaba escuchando. Él le dijo que el asunto eran los derechos humanos. Ella dijo que la pobreza era un abuso de los derechos humanos. Estaban hablando casi a gritos. Roland se fue enfurecido a pasar la tarde en su casa. Su reconciliación esa noche fue dichosa.


Arriba, en el dormitorio, Roland se sentó a la mesa que lo hacía rico. Relativamente rico. Rico para ser poeta. Pero no lo era ya, era un ladrón antólogo, un fabricante ocasional de versos ligeros.


Tenía unos modales suavemente atentos. Roland pidió un café largo. Era inevitable, evidente, pero aún así le asombró estar sentado justo enfrente de su esposa. Cuando Rüdiger se dirigió hacia la barra, Roland lamentó que lo dejara a solas con ella. Había tanto que decir que no le venía nada a la cabeza. Estaba mirando por encima de su hombro, sin sostenerle la mirada. La súbita familiaridad de Alissa lo abrumó. Le sobrevinieron emociones distintas una detrás de otra: ira, pena, amor, luego ira otra vez. Tenía que sofocarlas, pero no sabía muy bien cómo hacerlo.


Mientras caminaba pensaba que, aparte de criar a un hijo, todo lo demás en su vida había sido y seguía siendo informe y no atinaba a ver cómo cambiarlo. El dinero no podía salvarlo. No había logrado nada. ¿Qué había sido de la canción que empezó a componer hacía más de treinta años e iba a enviar a los Beatles? Nada. ¿Qué había hecho desde entonces? Nada, aparte de un millón de golpes de tenis, un millón de interpretaciones de «Climb Every Mountain». Se sonrojaba ahora al leer sus poemas sinceros. Su padre había muerto en un instante. Su madre estaba iniciando un descenso hacia la sinrazón. Sabía que un escáner lo confirmaría. Ambos destinos aludían al suyo. En los de ellos vieron la medida de su propia existencia. Recordaba a sus padres bastante bien a la edad que tenía él ahora. A partir de entonces nada cambió en su caso salvo el deterioro físico y la enfermedad.


Un gran inconveniente de la muerte, según Roland, estribaba en quedar al margen de la historia. Habiéndola seguido hasta aquí necesitaba saber cómo irían las cosas. El libro que requería tenía cien capítulos, uno por año: una historia del siglo XXI. Tal como estaba el asunto quizás no llegara a ver ni una cuarta parte. Un vistazo a la página de contenidos sería suficiente. ¿Se atacaría un sobrecalentamiento global catastrófico? ¿Estaba la guerra sino-americana imbricada en el patrón de la historia? ¿Cedería la racha global de nacionalismo racista ante algo más generoso, más constructivo? ¿Revertiríamos la actual gran extinción de especies? ¿Encontraría la sociedad abierta maneras nuevas y más justas de florecer? ¿Nos haría la inteligencia artificial más sabios o chiflados o irrelevantes? ¿Lograríamos superar el siglo sin un intercambio de misiles nucleares? Tal como lo veía, sencillamente llegar intactos al último día del XXI, hasta el final del libro, sería un triunfo.

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