Lectura: «Amigos y héroes». Olivia Manning

Olivia Manning (segunda por la derecha), en una fiesta en Londres en 1949.HULTON ARCHIVE / GETTY IMAGES

Novelón. Félix de Azúa

Olivia Manning firma la ‘Trilogía balcánica’, una de las mejores narraciones sobre la Segunda Guerra Mundial, a pesar de los miles y miles de novelas que le hacen la competencia

Origen: Novelón | Cultura | EL PAÍS


Textos

Se puso la bata y salió al rellano, cuya ventana daba a la calle. Empezaban a abrir las tiendas y los dependientes se habían asomado a la puerta. Hombres y chicas que iban a trabajar se habían parado a hablar unos con otros y todo el mundo parecía preguntarse qué pasaba o estaba asustado. En el hotel, la gente corría escaleras abajo. Harriet quería preguntar qué sucedía, pero nadie le dio tiempo. Cuando la alarma bajó de volumen y dejó de sonar con un gemido, un grupo de policías llegó rápidamente desde la plaza. Vociferaban y algunos sacaron el revólver como si hubiera una insurrección inminente. En un minuto empujaron a todos los transeúntes, inocentes y perplejos, al interior de las tiendas y portales. Detuvieron el tráfico y mandaron a los ocupantes de los vehículos a esconderse como todos los demás. Los policías siguieron su camino a toda prisa, haciendo el mayor ruido posible, y la calle quedó vacía a su paso.


Una noche, en la fría penumbra azul acero de noviembre, empezaron a tañer las campanas de la iglesia. Llevaban casi un mes en silencio. Las campanas griegas no volverían a sonar hasta que no quedara ni un solo invasor extranjero en sus tierras. La gente salió corriendo a las calles gritando alborozada, a pleno pulmón, y cuando Harriet se asomó al rellano oyó a las camareras hablando a voces de un piso a otro.


Al volverse hacia Alan para pedirle ayuda, Harriet se encontró con la mirada de Charles. El joven sonrió comprensivamente y ella le devolvió la sonrisa. A raíz de este cruce de sonrisas la vida perdió su amenazadora desolación y el aire cobró brillo.


Alemania había declarado la guerra a Grecia. La noche anterior Alemania había mandado un comunicado en griego en el que anunciaba un asalto como no se había visto hasta entonces en todo el mundo: un asalto gigantesco, decisivo, que eliminaría la autoridad central del país y permitiría al ejército invasor avanzar sin oposición en medio del caos que se formaría. No se especificaba el nombre de la ciudad amenazada. Todo el mundo creía que se trataba de Atenas, pero el cielo azul seguía limpio. Lo que habían anunciado las sirenas no era un ataque aéreo, sino que Grecia estaba en guerra con Alemania.


Una sensación de ensoñación impregnaba la ciudad. En esos mismos momentos, unos seres humanos llegaban al mundo y otros se iban. Yakimov había muerto y habían tenido que enterrarlo, pero esa muerte había sido un azar de otra dimensión temporal. De pronto resultaba asombroso ver circular tranvías. Cada vez que pasaba uno traqueteando la gente lo miraba, sorprendida de que todavía alguien tuviera ánimos para ir a trabajar. Los demás parecían estar desocupados, sin empleo ni interés alguno. No tenían nada que hacer. No había nada que hacer. Habían salido a la calle y andaban por allí como tontos, en silencio, anulados por la aflicción.

Esta entrada fue publicada en El oficio de lector, Lecturas recomendadas y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario