MI mujer, que es la soledad,
consigue que yo no esté triste.
¡Qué bueno es para el corazón
tener este bien que no existe!
Me recojo no oyendo a nadie,
no sufro el daño de un cariño.
Y sin que haya nadie, hablo alto:
nacen mis versos del camino.
Si hay un bien que el cielo conceda
sumiso a la opresión del Hado,
deme estar solo —veste de seda—
y habla solo —abanico animado.

Fernando Pessoa. Noventa poemas últimos. 1930.