Lectura: «La ciudad expoliada». Olivia Manning

Bucarest, 1940. Harriet y Guy Pringle, expatriados ingleses llegados a la ciudad pocos meses antes, siguen con preocupación la evolución de los acontecimientos políticos en un momento de gran inestabilidad: París ha caído y se rumorea que Alemania está a punto de invadir Rumanía; en las calles de la capital la revolución parece inminente y los fascistas de la Guardia de Hierro no dejan de ganar adeptos. En un entorno cada vez más hostil y precario que pondrá a prueba tanto su matrimonio como sus amistades, Harriet y Guy tendrán que tomar decisiones arriesgadas y elegir bien en quién pueden confiar.

Basada en las experiencias de la autora, esta novela, segundo volumen de la aclamada trilogía iniciada con La gran fortuna, sigue los pasos del matrimonio Pringle durante la segunda guerra mundial y traza un extraordinario retrato de la Europa de la época. Considerada una de las grandes ficciones británicas sobre la guerra, la Trilogía balcánica es una obra imprescindible a la que siempre hay que volver.

(Contraportada de la edición de Los libros del Asteroide»

Olivia Manning

Textos

Iba por Calea Victoriei con su triste cara de camello cubierta de sudor bajo el calor del mediodía, que apretaba cada vez más; llevaba un sombrero panamá, un traje de cordón de seda, una camisa rosa y una corbata que alguna vez había sido de color violeta de Parma, todo muy sucio. El sombrero, amarillento de puro viejo, tenía el ala rota. La chaqueta estaba hecha trizas, con manchas marrones en la parte de las axilas y tan encogida que le quedaba ajustadísima. En invierno la nieve le había helado los pies a través de los agujeros de las suelas, y en verano sufría el calor del empedrado con la misma intensidad. El vigor de los viandantes lo había ido empujando hacia el bordillo y el aliento ardiente de los coches que le pasaban a ras lo sofocaba más aún. Lo inquietaban el fragor de los tranvías, los destellos de los parabrisas, el aullido de las bocinas y el chirrido de los frenos… y todo a una hora en la que, por lo general, habría estado a salvo en brazos del sueño.


—Cuando nos mandaron abandonar Besarabia. Estábamos en el tren, él se fue pasillo abajo y no volvió. Pregunté a todo el mundo, pero nadie lo había visto. Mientras esperábamos en Czernowitz (pasamos tres días en el andén porque no había trenes) dijeron que había aparecido un cadáver en las vías medio comido por los lobos. Entonces, un compañero me dijo: «¿Te has enterado de lo que le pasó a tu amigo Marcovitch? Ese muerto era él. Ten cuidado, porque tú también eres judío». Comprendí que lo habían tirado del tren. Me entró miedo. Podían hacer lo mismo conmigo, así que por la noche, cuando todos dormían, eché a correr por la vía y me escondí en un tren de mercancías que me trajo a Bucarest.


Guy soltó un gruñido y cogió un periódico. Harriet sabía que no creía en la religión, que la consideraba parte de la conspiración para que los ricos siguieran siendo ricos y los pobres fueran dóciles. No estaba dispuesto a discutir de cosas que no contribuyeran a una mejora práctica de las condiciones de vida de la humanidad. Naturalmente, las teorías de Harriet eran tan simples que carecían de importancia.


No se oía ruido en la plaza. No había tráfico. Cayó la noche, pero no pasaba nada. Los dos hombres atisbaban entre los balaústres de piedra y Harriet miraba pegada a la jamba de la puerta. Abajo no había señales de vida. Todo el mundo, policías y militares, se escondía entre las sombras. El jinete a lomos de su enorme caballo estaba solo. Alrededor de la estatua las luces se reflejaban en un mundo de ébano pulido.


La princesa Teodorescu acababa de entrar en el hotel. Había vuelto a Bucarest confiando, como todos los de su clase, en la protectora influencia alemana contra la Guardia de Hierro. Se decía que ya había encontrado un amante entre los oficiales jóvenes, varios de los cuales la rodeaban mientras ella hablaba con furia, moviendo los hombros y gesticulando exageradamente. Llevaba un abrigo nuevo de piel de leopardo. Harriet se preguntó si podía haber algo más repelente que una mujer estúpida, ególatra y codiciosa vestida con la piel de un animal mucho más espléndido que ella.


Libre de malos presentimientos y muy cansada para hablar, se echó a llorar. Lloró por Sasha, por el gatito rubio, por Guy, solo en el aeropuerto, por el piso abandonado, por los libros estropeados que se habían quedado en el suelo, por la guerra, por el sufrimiento infinito y por el caos del mundo.

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