Lectura: «Grand Union». Zadie Smith

Zadie Smith mira el mundo

En ‘Grand Union’ se reconocen algunos temas que preocupan a la escritora londinense y que ha abordado en sus ensayos y novelas.

Origen: Zadie Smith mira el mundo | Letras Libres


Textos

A menudo oía a padres que comparaban a sus hijos pequeños con nazis y dictadores fascistas, pero, según su experiencia, la analogía correcta era la Stasi o cualquier otra policía secreta. El mayor placer era delatarse unos a otros. A veces entraba en casa después del trabajo y un crío se lanzaba sobre ella con una pasión que rebasaba el cariño, ardiendo en deseos de contarle que el otro había hecho algo terrible. A continuación todo era un sinsentido; automáticamente ella decía «no me vengas con cuentos», si bien acto seguido pedía más información; luego, entre quejas histéricas, tenía que condenar a un tiempo el chivatazo y la mala conducta haciéndose pasar en todo momento por la juez todopoderosa que jamás había cometido un delito ni delatado a un delincuente. Aun así, ver la preciosa boca de su hija temblando con el placer casi erótico de la denuncia la retrotraía al recuerdo de sí misma deslizando, con una expresión muy similar en la cara, una nota anónima por debajo de la puerta del rector.

De «Educación sentimental»


La cortina se cerró, pero no del todo. Quedó abierta apenas un par de dedos, los suficientes para que la señorita Adele viera una película muda, aunque sólo en el sentido de que los gestos lo eran todo. Era un drama conyugal en otro idioma, pero por lo demás idéntico a los que Devin y ella habían visto de niños por una rendija de la puerta en el dormitorio de sus padres. Consternada, fascinada, observó al marido recalcando con saña su argumento, cualquiera que fuese (¿«traes la vergüenza a esta familia»?), y a la señora Alexander, que claramente lo contrariaba (¿«he dado mi vida por esta familia»?); observó que él se ponía beligerante (¿«debería darte vergüenza»?) y ella más sarcástica (¿«claro, porque tú eres tan buen hombre»?) rivalizando a voces con la radio (¿«PECADORES»?) hasta alcanzar un nivel de dramatismo perfectamente irracional. La señorita Adele trató de captar palabras sueltas para buscarlas más tarde en Google. ¡Ojalá existiera una aplicación para traducir las discusiones entre desconocidos! Mucha gente la compraría. La señorita Adele había leído en el Times que se podían ganar ochocientos de los grandes por una aplicación así, sólo por la «idea». (Y la señorita Adele siempre se había considerado una persona con un montón de ideas, una persona muy creativa, la verdad, que por algún motivo nunca había acabado de encontrar su sitio; una persona que, en los últimos años, a menudo se había preguntado si el mundo y la tecnología por fin requerían esa clase de talento creativo que ella poseía desde siempre, aunque por desgracia una y otra vez lo hubieran despreciado, primero sus padres —que querían gemelos predicadores— y más adelante sus profesores, que la veían sólo como una criatura negra aislada en un colegio evangélico, una egipcia entre israelitas; y por último en Nueva York, donde sus pómulos y su culo habían dejado otras dotes en segundo plano.)

De «La señorita Adele entre corsés»


Marie observó a McRae; vio que, como de costumbre, se le saltaban las lágrimas. Lo miró fijamente. Pensó en las distintas etapas que habían marcado su vida junto a ese hombre sentimental y el conjunto le pareció una pieza de música donde ellos mismos habían sido las notas. Un trote constante al principio, que se hizo tan lento durante aquel primer año de matrimonio, cuando ella se confesó a sí misma la falta de atracción física… y entonces todo se precipitó (tremenda, rápida, dichosamente, volviéndose poco menos que inaprensible), porque no había manera de frenar a los niños, ni los años de su vida a los que ellos se aferraban con aquellas manitas sudorosas. Las horas irrecuperables que se consumieron en coches, entre palos y balones, llevándolos de aquí para allá, animándolos en campos de deportes helados, mirándolos, mirando su propio aliento, paseando a sus perros, enterrando a sus perros, paleando la nieve de la entrada y entonces, al cabo de un momento, viendo a tres jóvenes altos, mucho más altos que ella, todos con los ojos de su padre, paleando la nieve de la entrada por consideración hacia su madre, que se hacía mayor. A veces encontraban cacas de perro en la nieve o un paquete de cigarrillos o la pelota de alguien, pero nunca a Marie de niña. No. Nadie sabía adónde había ido a parar aquella niña. ¡Tan rápido! Pero se frenó otra vez y casi se detuvo el año en que le extirparon el pecho. Lento como si te movieras bajo el agua, preguntándote si vas a salir de nuevo a la superficie. Entonces parpadeó tres veces y ya no había más calzoncillos en las escaleras ni cuencos de cereales para lavar ni condones usados escondidos sin maña en un tubo de Pringles ni pinceles con pintura reseca ni raquetas ni balones. Marie adoraba a sus nietos y el mundo ajeno a ella que los rodeaba, pero su nuera era una de esas mujeres que actúan como si los bebés empezaran todo el concierto. Desde el principio. Una idea encantadora, pero no cierta, al menos para Marie. No eran sus bebés. Tampoco le había dado pena quedarse en una casa vacía, como le advirtieron que ocurriría. El tiempo, en cambio, comenzó a remodelarse cautelosamente en torno a su cuerpo roto y ella descubrió que quería estar otra vez a solas con ese cuerpo. Así era como se sentía y se habría sentido igual aunque Mike hubiese estado limpio como una patena y se hubiese retirado con todos los honores. De una extraña manera, él le había allanado el camino. Y ahora la lentitud la llamaba de nuevo si se mantenía firme, si conseguía oponerse a aquella mirada agónica que veía en los ojos de Michael Kennedy McRae. Y luego ¿qué? Paso a paso. Por lo pronto se tumbaría en la hierba primaveral, se preguntaría por lo que acababa de suceder contemplando su propio cuerpo separado al fin de cualquier otro cuerpo en el mundo entero.

De «Semana crucial»


Después de chillarle a mi hija de seis años hasta el punto de que se arrojó sobre la cama y se echó a llorar, sentí la necesidad de salir de casa e ir a ver a mi madre. Ella estaba muerta y en el cielo, pero por una cuestión de conveniencia quedamos en la puerta de la pollería que hay al final de Ladbroke Grove. En ese momento fue el lugar más negro que se me ocurrió. Nos sentamos juntas en los escalones del Golden Dragon. Chicos y chicas pasaban por delante de nosotras en busca de sus salteados y su salsa sichuán. Mi madre y yo nos miramos. Para estar muerta se la veía fantástica. La muerte no podía marchitarla. Era tan sólo una en la larga lista de las cosas que no podían marchitarla. Llevaba sus rastas envueltas a la perfección en un recogido alto e imponente. Nunca cenicienta, su piel oscura resplandecía. Era la viva imagen de la reina Nana en el billete de quinientos dólares jamaicanos.

De «Grand Union»

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