«Historia del zapatero que huyó de los acreedores». Eduardo Galeano

-Nombre y apellido?
No hubo respuesta.
El jefe de policía le dio tres golpecitos en el pecho:
-¿Estás muerto?
Cándido yacía en silencio. La autoridad lo declaró cadáver.
Con los ojos en blanco, mirándose las cejas, Cándido pensaba. Un único pensamiento o nubecita le flotaba sobre su cabeza: ¿y si entierran el cajón conmigo adentro?
Un poeta de por ahí, inclinado a la denuncia social, inmortalizó de inmediato al infeliz zapatero en un acróstico de siete versos. Cantó el poeta las desventuras del finado, que se deslomaba día y noche martillando cueros para dar de comer a su ingrata familia, y cuanto más trabajaba menos ganaba y más debía.
Los vecinos y los parientes, en cambio, evocaron su alergia al sudor de la frente, que le provocaba náuseas y erupciones en la piel. Según ellos, el remendón nunca había puesto ni una media suela, y prefería ganarse la vida vendiendo de vez en cuando algún frasco lleno de aire de París, alguna botella de tierra brasileña besada por el Papa o cucharas de madera útiles para robar comida a los ciegos.
Eso dijeron: yo no sé. Lo cierto es que Cándido estaba debiendo a cada santo una vela cuando tomó aquella trágica determinación. Con sus propias manos clavó un ataúd de pino, lo lustró, le puso la chapita con su nombre y se dio por muerto de muerte morida.
Lo velaron en la iglesia. Mucha deuda, ningún deudo: Cándido fue llorado por sus numerosos acreedores, y por nadie más. Tieso en el cajón, con las manos cruzadas en el pecho, escuchó los gemidos de sus víctimas, hasta que toda esa gente que él había ensartado se marchó del templo. Entonces no escuchó más que el murmullo de alguna beata, que rezaba pidiendo perdón por los pecados que no había cometido; y cuando cayó la noche, el difunto quedó solo.
Esperó, y por fin se decidió. Se restregó los ojos doloridos y muy lentamente sacó un pie del cajón. Luego, sacó el otro. Al alzarse, hizo un leve crujido. Con el dedo índice sobre los labios se dijo:

Shh
Y se echó a caminar, pasito a paso. Descalzo, recorrió la iglesia en sombras. Bajo la cruz, bajo Jesús, entre la Magdalena y la Virgen María, encontró un buen lugar donde sentarse. Buscó un cigarrito en el bolsillo de la mortaja y lo encendió con un cirio. Y en eso estaba, fumando, celebrando, cuando escuchó ruidos y se metió en el cajón de un salto.
Mientras los ladrones vaciaban el altar, pelaban las paredes y desvestían los santos, el zapatero tartamudeaba mudos padrenuestros y avemarías y conjuros de macumba. Pero el jefe de los bandidos fue picado por la curiosidad:
-¿No tendrá algún diente de oro este difunto?
Cuando Cándido sintió aquella garra palpándole la mandíbula, pegó un mordiscón con alma y vida y se alzó en el ataúd.
El ladrón, bizco, cayó desparramado al piso, y toda la banda se echó a volar dando alaridos y dejando un reguero de alas de ángeles y sedas y platerías.
El pueblo entero acudió a venerar al nuevo Lázaro. Todos le hacían ofrendas. Llegaba la gente con gallinas bajo el brazo y bolsas de frijoles y adornitos de mucho relumbre. Hasta los acreedores le besaban los pies.
Desde su trono en el paraíso, el Padre Divino se había dignado posar su mirada sobre este caserío perdido en las soledades de Alagoas, y había elegido al mas humilde de sus hijos para salvar al templo, su casa, su cuerpo, profanado por los hijos de Satán.
El resucitado se hizo santo milagrero.
Cándido cobraba los milagros por adelantado. El no era santo barato:
-¿Qué pretenden? – rezongaba- ¿El favor de Dios a precio de banana?
Según los testigos sobrevivientes, todo iba a parar a los puteros y los garitos de la lejana ciudad de Maceió. Contemplando el óbolo en la palma de su mano, Cándido sentenciaba:
-¿Para qué son redondas las monedas? Para que corran.
Y así pasaron los años.
Los muertos de hambre no recibieron ninguna herencia, los paralíticos no caminaron, no brotó la melena en el cráneo de los calvos, las solteronas no se casaron, no llovió en el desierto, no crecieron los enanos.
Y un día Cándido se murió. Y no resucitó.

Eduardo Galeano.


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