Lectura: «La señora Potter no es exactamente Santa Claus». Laura Fernández

La escritora y periodista Laura Fernández. MIQUEL GONZALEZ

Laura Fernández no es exactamente la señora Potter

La autora presenta la novela en la que ha estado trabajando durante cinco años

Origen: Laura Fernández no es exactamente la señora Potter


Textos

Stump frunció el ceño. El ceño de Stump era el ceño de un coleccionista de casas diminutas. También era el ceño de un coleccionista de cisnes aún más diminutos.


Kirsten James era, con toda probabilidad, la mujer más admirada de Kimberly Clark Weymouth. Tenía una pequeña legión de seguidoras de las que, que Sam supiera, la señora Russell no había formado parte hasta entonces. Kirsten James había sido Miss Kimberly Clark Weymouth en hasta dieciséis ocasiones, nueve de las cuales se había clasificado para el campeonato nacional, ganándolo en tres ocasiones, lo que le había reportado, en primer lugar, un puesto en la cadena nacional como (CHICA DEL TIEMPO), en segundo, un buen puñado de papeles en todo tipo de películas, y un matrimonio con un famoso actor, un tal (DANSEY DOROTHY SMITH), y en tercero, una fugaz carrera política, a la que había dado pie su aventura con un senador, al que había cambiado por su secretaria en la tercera cita. En todo ese tiempo, además, Kirsten no había dejado de hacer nada que se le hubiera ocurrido, y se le habían ocurrido cosas como dar la vuelta al mundo en submarino.


Luego se subió las gafas. Las gafas de la señora Benson tendían a resbalarle nariz abajo. Eran unas gafas viejas, estaban cansadas. Las gafas del señor Benson también. O, quién sabe, quizá no estuviesen cansadas, quizá lo que pasase fuese que no les soportaban y trataban de escapar y por eso no hacían otra cosa que deslizarse nariz abajo, una y otra vez—.


[…] el tiempo que hacía que la ex señora McKisco, Catherine, su Catherine, Catherine Winter McKisco, se había esfumado, que cada discusión que imaginaba era como una mano reabriendo una herida, los dedos separando el corte y devolviéndole al momento exacto en que la sangre había empezado a manar, ¿y no era eso, después de todo, la literatura? Reabrir una herida, fingir que era cualquier otra cosa, incluso, en su caso, una cosa divertida, para no tener que aceptar lo que no tenía otro remedio que aceptar, que nada cicatriza, que toda herida sigue latiendo, a la espera de volver a ser abierta, y que el oficio del escritor consiste básicamente en eso, en impedir que algo se cierre.


Francis Violet McKisco tenía un pequeño problema de personalidad. En realidad, no era un problema en absoluto. No era que Francis Violet se considerase poco apto, en tanto que personaje, para el mundo real, era simplemente que no quería dejar de crear. Francis habitaba sus personajes incluso cuando no estaba escribiendo. De hecho, podría decirse que Francis Violet McKisco sólo era Francis Violet McKisco cuando escribía, o cuando escribía sobre lo que escribía, como le ocurría con Myrlene Beavers. El resto del tiempo, era cualquier otro alguien que él hubiese creado.


Joyce, se dijo Madeline, y, como si la hubiera oído pronunciar mentalmente su nombre, el tipo Underhill, Keith, se dio media vuelta y la miró, y, por un momento, todo lo que poblaba la mente dolorosamente desesperada de Madeline Frances, desapareció. La sensación fue la de haber sido invadida por una diminuta y extraordinariamente ardiente civilización extraterrestre. ¿Qué demonios era aquello? Perdió el aliento, enrojeció, se sintió, de alguna extraña forma, magnetizada por cada gesto de aquel tal (JOYCE), atraída sin remedio hacia lo que parecía un campo gravitacional de irremediable absorción, es decir, un campo gravitacional que se quedaba con todo aquello que encontraba a su paso. Madeline podía, de repente, oírle respirar, y notaba su aliento, y el ardor de su piel, y hasta su olor, aquel olor que era su mismo olor mezclado con el olor a cigarrillos. Llevaba la camisa arremangada, y el pelo, rubio, ligeramente largo, sucio. A la atracción física se sumó, instantáneamente, en aquella mirada, un sentimiento de pertenencia también inexplicable. No era sólo que tuviera la sensación de conocerlo, sino que lo hacía de forma íntima.


En más de una ocasión había intentado sacarle el tema a Charlie Luke pero Charlie Luke lo había esquivado. Charlie Luke estaba siempre muy atareado, o eso decía, pero ¿lo estaba, en realidad? Ninguna de las veces que había puesto un pie en la tienda se había cruzado con nadie. Lo que le había llevado a pensar que era su único cliente. Pero algo así no era posible, a menos que él también existiera en algún tipo de ciudad creada por algún tipo de aficionado al modelismo superior. ¿Y no sería eso maravilloso? Saberse al cuidado de alguien que no hacía otra cosa que pensar en ti, o que pensaba en ti lo suficiente como para crearte un hogar y una oficina en la que trabajar y hasta tu propia tienda de modelismo, era maravilloso. A Stumpy MacPhail le gustaba pensar en el mundo como en una inacabable colección de miniaturas. Algo que a su madre le parecía, por supuesto, una soberana (ESTUPIDEZ).

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