Lectura: “Basilisco”. Jon Bilbao

Jon Bilbao

El inquietante realismo de Jon Bilbao

Frente a la inanidad anecdótica hoy de moda, cada uno de los seis relatos de ‘Basilisco’ implica una celebración de la narratividad, del gusto por contar

Origen: El inquietante realismo de Jon Bilbao | El Cultural


Textos

El desfile había recorrido la calle principal de Virginia City. Lo abrió un rebaño de burros engalanados, con estrellas de purpurina en las puntas de las orejas y cintas rojas, azules y blancas en la cola. Los siguió un desconcertante grupo de personas a caballo, vestidas como si fueran a cazar zorros, con chaquetas rojas y espuelas príncipe de Gales, tras las que se arrastraba una jauría aburrida y jadeante. A continuación llegó Miss Nevada, en bañador dorado, sentada en la parte trasera de un descapotable. Cuando pasó frente a nosotros llegamos a la conclusión de que no era la Miss Nevada más reciente. La banda que lucía sobre el pecho tenía como poco diez años. Y después: un grupo de niñas encaramadas a un camión de bomberos, todas rubias, todas con shorts vaqueros y camiseta blanca; un jeep militar con veteranos de la guerra de Corea; coches de policía desde los que lanzaban caramelos; un jeep de los marines desde el que lanzaban soldaditos de plástico; gente con atuendos del Lejano Oeste, incluido un hombre vestido como el borrachín del pueblo, con ropa interior de cuerpo entero, botas y sombrero, a semejanza de Dean Martin en Río Bravo… Todo ello con el acompañamiento musical de Born in the U.S.A. de Bruce Springsteen repetida una y otra vez.


El exnovio de Katharina era famoso por fotografiar el silencio cósmico. Su obra representaba planetas extrasolares, protogalaxias y cúmulos de polvo y gas a miles de millones de años luz de la Tierra. Para conseguir las imágenes no empleaba una cámara montada en un trípode ecuatorial ni pasaba largas noches escrutando el cielo desde lo alto de una montaña. Las vistas del espacio que publican las agencias espaciales, explicaba él, no son verdaderas fotografías, sino interpretaciones de los datos que proporcionan los observatorios y las sondas espaciales, recreaciones coloreadas y muy intervenidas digitalmente. Él hacía algo similar en su estudio. Pintaba pelotas de ping-pong con un aerógrafo y las colgaba de hilos de pesca sobre un fondo de terciopelo negro. Para simular las tormentas en la atmósfera de Júpiter, vertía leche, limpiador de sanitarios y polvos de maquillaje en una pecera y lo revolvía todo con la mano. La Agencia Espacial Europea le solicitaba asesoramiento. Por aquel entonces vivía en Berlín, pero durante buena parte del año viajaba por el mundo impartiendo cursos y charlas.


Lo vi como a un desconocido que se había instalado por sorpresa en mi casa, con su equipaje inagotable de necesidades y caprichos, alguien que me hacía perder horas incontables sentado junto a su cama cada noche porque era incapaz de dormirse solo, alguien por culpa de quien me levantaba por las mañanas más cansado que al acostarme. Cuando nació, solía preguntarme si, en caso de que muriera o su madre se lo llevara, me acostumbraría a vivir sin él. Me lo pregunté por primera vez cuando solo tenía una semana de vida, luego al cumplir el primer mes, y seguí haciéndolo de forma periódica. Al principio con asombro y luego casi por rutina, para tranquilizarme a mí mismo, me decía que sí sería capaz. El niño estaba sano, así que aparté la dramática posibilidad de su muerte, centrándome en la otra, y me reafirmé en mi parecer.


El jinete tiró de las riendas frente a la puerta de la empalizada. El caballo se alzó sobre las patas traseras y con las manos golpeó la puerta, que reventó hecha astillas. Al otro lado lo esperaba uno de los desertores. Era la primera vez que el caballo veía un negro. Caracoleó con los ojos desorbitados y se alzó de nuevo, soltando manotazos. Un casco fue a hundirse en el centro de la cara del negro. Este retrocedió, la cara convertida en un molde perfecto, de una pulgada de hondo, del casco, y en el fondo unos ojos bizcos y una nariz apisonada. Antes de desplomarse tuvo el reflejo de apretar el gatillo del fusil. El disparo entró por la barbilla del miembro de la banda y salió por la coronilla. El caballo lanzó varias coces que debilitaron la empalizada y, esparciendo espumarajos, cruzó la puerta y desapareció al galope de este relato.


Una bandada de patos se posó en la marisma. El chapoteo hizo que una grulla canadiense irguiera la cabeza. Un pequeño roedor se retorcía en su pico. El ave lo engulló y siguió buscando alimento entre la vegetación de la orilla. Detrás, una pradera de camasias en flor. El color violeta prolongaba el agua. Al fondo, las montañas Soldado, que se reflejaban en la marisma. El paisaje se cerraba sobre sí mismo. Invitaba a la acuarela más que al óleo. En algún punto intermedio un hombre cavaba una tumba.

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