Lectura. «Recuerdos del futuro». Siri Hustvedt

Siri Hustvedt en el día del libro en Barcelona – Inés Baucells

«Recuerdos del futuro», Siri Hustvedt hace limpieza

La ensayista y narradora neoyorquina viaja a su pasado, a su historia de iniciación literaria, para perderse en asuntos de género

Origen: «Recuerdos del futuro», Siri Hustvedt hace limpieza


Textos

Cuando quería que la ciudad se detuviera, subía saltando las escalinatas entre los leones de piedra y cruzaba las puertas de la Biblioteca Pública de Nueva York y me dirigía rápidamente a la majestuosa sala de lectura, digna de reyes, donde me sentaba a una de las largas mesas de madera bajo un enorme techo abovedado con una araña de luces suspendida por encima de mi cabeza, y, bañada en la serena luz del día que entraba por los grandes ventanales, pedía un libro y leía durante horas; era como si me convirtiera en un ser de puro potencial, un cuerpo transformado en un espacio hechizado de expansión infinita; mientras leía con el ruido sordo de las páginas al pasar, las toses, los estornudos, el resonar de los pasos en la enorme sala y algún grosero susurro esporádico, hallaba refugio en las cadencias de la mente de la que me apropiaba estando allí, inmersa en frases que yo jamás podría haber escrito ni imaginado, e incluso cuando el texto era ininteligible o retorcido o me sobrepasaba, y de ésos había muchos, yo perseveraba y tomaba notas, y entendía que mi misión era cuestión de años, no de meses. Si lograba llenarme la cabeza de la sabiduría y el arte de los tiempos, crecería, volumen a volumen, hasta convertirme en la gigante que quería ser. Aunque la lectura requería concentración, sus exigencias no eran las de las calles, y en la sala de lectura me relajaba. Se me acompasaba la respiración. Dejaba caer los hombros, y a menudo permitía que mis pensamientos se perdiesen en una ensoñación alrededor de una sola frase: «La irracionalidad de algo no es un argumento en contra de su existencia, sino más bien una condición de ésta». En la biblioteca tenía alas.

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«Escribir un libro es, para todo el mundo, como tararear una canción; así pues, señora, limítese usted a estar a tono consigo misma: que éste sea alto o bajo da absolutamente igual.» En la pared encima de mi escritorio tenía colgada esta cita de Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, del reverendo Laurence Sterne, como fuente de inspiración y para recordarme que todas las novelas son iguales. Como solía decir mi tía abuela Irma: «Hay para todos los gustos».

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Y en este libro en particular, el que el lector tiene en las manos, la persona joven y la entrada en años viven codo con codo en las verdades precarias de la memoria. Aquí soy libre de danzar por encima de las décadas en el pequeño espacio blanco entre párrafos, extenderme largamente en un momento brillante de mi vida o jugar con los tiempos verbales que apuntan hacia delante y hacia atrás. Soy libre de interrumpir mi yo anterior con reflexiones de mi yo posterior, porque la mujer entrada en años tiene una perspectiva de la que carece la joven. Me encuentro conmigo misma tanto en las páginas que ella escribió hace años como en las que estoy escribiendo yo ahora.

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Recuerdo ese sueño, terror nocturno o alucinación con singular claridad. Yo tenía cinco años. Casi veinte años más tarde, la niña desesperada por impedir que la pared se derrumbara ya es mayor. Ha dejado a sus padres para buscarse la vida en la ciudad, y está convencida de que el año que se ha dado a sí misma, el curso académico 1978-1979, es crucial para su destino. Se imagina que está escribiendo su futuro. Le encantan las escenas de las viejas películas en las que se levanta un viento de la nada que arranca uno a uno los meses de un calendario colgado de la pared: septiembre, octubre, noviembre, diciembre. Las páginas suelen arremolinarse con un acompañamiento musical. Pasa el tiempo. Cuando la joven se acerca a su vigésimo cuarto cumpleaños en la historia que estoy escribiendo, yo, su autora, ya he celebrado mis sesenta y dos. Es aterrador estar aquí en el presente, en febrero de 2017. La casa se está viniendo abajo. El secreto del gran hombre no radica en sus palabras. Eso no podría ocurrir aquí, dicen, no puede ocurrir aquí.

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¿Puede el pasado servir para esconderse del presente? ¿El libro que estás leyendo en estos momentos representa mi búsqueda de un destino llamado Entonces? Dime dónde termina el recuerdo y dónde empieza la imaginación. Dime por qué te necesito conmigo como compañero de viaje, mi otro yo amable y arisco a la vez, mi consorte durante el tiempo que dure el libro. ¿Cómo es que siento tus pasos a mi lado mientras escribo? ¿Por qué casi te oigo silbar mientras caminamos? No lo sé. No lo sé. No lo sé. Pero ahí está: mi amor por los desconocidos. Cualquier libro supone el paso de la inmediatez a la reflexión. Cualquier libro comprende un deseo perverso de cargarse el tiempo, de burlar su tirón inevitable. Blablablá y dumdadidúm. ¿Qué busco? ¿Adónde voy? ¿Estoy buscando en vano el momento en que el futuro que es ahora el pasado me hizo señas con su cara amplia y vacía, y yo me encogí, tropecé o corrí en la dirección equivocada? ¿Mis recuerdos, dolorosos y alegres, proporcionan una prueba endeble de mi existencia? ¿Las vueltas de la memoria, ese ir de los ocho años a los veinte y de los veinte a los cincuenta y uno, crean la ilusión de más tiempo? ¿Son una forma de engañarme a mí misma haciéndome creer que la mortalidad se puede posponer una y otra vez?

Siri Hustvedt. Recuerdos del futuro
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