El mal lector. Amos Oz

El mal lector me exige que le desmenuce el libro que he escrito; pretende que con mis propias manos tire mis uvas a la basura y le dé sólo las pepitas. El mal lector es una especie de amante psicópata que se abalanza sobre una mujer y le desgarra la ropa y, cuando ya está desnuda del todo, le arranca la piel, abre su carne con impaciencia, rompe el esqueleto y al final, cuando ya ha roído los huesos con sus ávidos dientes amarillos, sólo entonces se queda satisfecho: ya está. Ahora estoy dentro del todo. He llegado. ¿Adónde ha llegado? De vuelta al viejo, trillado y banal esquema, al conjunto de estereotipos que, como todos, el mal lector conoce desde hace tiempo y por tanto se siente cómodo con ellos y sólo con ellos: los personajes del libro no son más que el escritor en persona, o sus vecinos, y el escritor y sus vecinos, evidentemente, no son ningunos santos, al fin y al cabo son unos degenerados como todos nosotros. Cuando se llega hasta el hueso, se pone de manifiesto que «todos somos iguales». Y eso es precisamente lo que el mal lector busca con ansia (y encuentra) en cualquier libro. Por otra parte, el mal lector, al igual que el impúdico entrevistador, se relaciona siempre con cierta desconfianza hostil, con cierta animadversión puritano-santona con la obra, con la creación, con los ardides y las exageraciones, con los rituales del cortejo, con la ambivalencia, la musicalidad y la musa, con la propia imaginación: estaría dispuesto a husmear a veces en una obra literaria compleja, pero sólo con la condición de que se le asegurase de antemano la satisfacción «subversiva» que se encuentra en el degüelle de las vacas sagradas, o la satisfacción agrio-puritana a la que son adictos todos los consumidores de escándalos y «exhibicionismos» a la carta que ofrece la prensa amarilla. Al mal lector le satisface la idea de que el gran Dostoievski en persona fuera sospechoso de una turbia tendencia a robar y asesinar a ancianas, o que William Faulkner estuviera implicado en alguna relación incestuosa, Nabokov mantuviera relaciones sexuales con menores, Kafka fuera sospechoso a los ojos de la policía (y no hay humo sin fuego), y A. B. Yehoshua quemara bosques del Keren Kayemet (hay humo y hay fuego), por no hablar de lo que Sófocles les hizo a su padre y a su madre, ¿cómo si no habría podido describirlo de una forma tan real?, más real incluso que la vida misma.

Amos Oz

Amos Oz. Una historia de amor y oscuridad

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