Lecturas: “El teatro de Sabbath”, de Philip Roth

El día en que Philip Roth me habló de la muerte

Por identidad: manos artríticas. Por personalidad: lúbrica, lasciva, siempre excesiva y creativa en consecuencia; en ocasiones herida, amenazada, continuamente derrotada y con cierta afición por asomarse al abismo. Por lema: la ficción de la moral. De profesión: titiritero. Él es Mickey Sabbath, hoy cumple 65 años y tenemos la suerte de que el bueno de Mickey ha decidido representarnos las últimas escenas de una magnánima obra teatral, que su creador, Philip Roth, decidió llamar «El teatro de Sabbath», aunque también pudo haberla llamado «Decadencia» o, por qué no, «Enseñanzas para un suicida».

Protagonizó su primer escándalo allá por los años 50, trabajando en las calles de Nueva York acompañado de su puesto de titiritero ambulante. Tras las cortinas del puesto saca una mano que atrae la atención del público, mientras con la otra se dedica a desabrochar una blusa, para después apartar el sujetador y, finalmente, empezar a jugar con el pezón de una chica. Hasta aquí el nuevo arte, ese que está más allá de las convenciones y la moral, el nuevo arte arriesgado y rompedor, que es pura vanguardia para la época. Pero cada época tiene sus costumbres, y los años 50 nos traen a escena un policía, bastante avinagrado y corto de miras, que llevará a juicio a Sabbath, a la mujer de bellos pezones y a algún que otro testigo de sensibilidad herida, pero sin conocimiento directo de la escena.

Afanado en profanar jovencitas, no será la última vez que Sabbath se presente delante de un juez. En la segunda ocasión no será la moral recalcitrante de un policía quien le lleve a juicio, sino la nueva moral del feminismo más irascible, empeñado en acusar al titiritero de forzar y mancillar la inocencia de una joven universitaria. Nada más lejos de la realidad, la joven no sólo no fue forzada, sino que más bien apelaba al instinto lujurioso del anciano para satisfacer sus necesidades más obscenas. Y es que Sabbath tiene labia y le sobra genio para acostarse con todo tipo de mujeres. Y cuando el genio se une a la lujuria, puede suceder que se graben cintas de cassettes en las que se dicen palabras un tanto malsonantes a una jovencita con cara de no haber roto un plato en su vida. Y puede suceder, también, que estas cintas se extravíen y sean emitidas por feministas en la radio, que además no se cortan en dar su propia interpretación, en la que, claro, culpan al viejo salido y defienden la inocencia de la joven. Así que, con estas premisas, irremediablemente, Sabbath se encuentra ante su segundo juicio, con el que inicia sus últimos actos, el giro definitivo de su gran obra teatral. Pero no nos preocupemos, pues estamos, posiblemente, ante el mejor momento de la función, ante el descenso a los infiernos de la condición humana. Un descenso rápido, sin frenos, que corta la respiración.

Philip Roth. El teatro de SabbathCrónica de un hundimiento: Sabbath cumple 65 años, edad en la que sólo los necios se atreven a comparar el gusto de la felicidad con el de la desdicha. Cioran, filósofo de bella prosa e insultante ironía, se dirige a mí mientras leo la novela: «Resistirse a la felicidad es algo que la mayoría logra; la desdicha, en cambio, es insidiosa de otro modo. ¿La habéis probado alguna vez? Nunca os saciaréis de ella, la buscaréis con avidez, preferentemente allí donde no está y la proyectaréis ahí, pues, sin ella, todo parecería inútil y sin brillo». Confieso que, desde que me topé con esta cita, no he podido dejar de leer «El teatro de Sabbath» desde su penetrante influencia. Acaba el segundo juicio del titiritero y su mujer, esa misma noche, termina en el hospital tras haber tocado fondo en un alcoholismo que la acompaña desde hace años. En el hospital consiguen convencerla de que se dirija a Alcohólicos Anónimos, donde insisten en señalar como el causante de su alcoholismo a su marido y le recomiendan que se separe de él. El siguiente acto que presenciamos nos muestra a un hombre abandonado, sin dinero, viejo, artrítico, con largas barbas y ropas de vagabundo. Un reflejo degradado del Sabbath de los años 50, que ya fue abandonado por el amor de su vida, de la que nunca más supo su paradero. Pero el Sabbath de 65 años decide recordar sus años de veraneo junto a su hermano y para ello visita la casa de un antiguo amigo de la familia; un hombre con Alzheimer que sirve de excusa narrativa para recordar la muerte de su hermano. El hermano mayor, fuerte e inteligente; el compañero de su infancia, idolatrado por el pobre Mickey, a quien enseñó el significado de la felicidad infantil, antes de morir en la Segunda Guerra Mundial, dejando a Sabbath un pozo de afección del que nunca se desprenderá. Sin escapar del recuerdo de su hermano, el titiritero vuelve a un hospital, ahora a visitar a su amante, una croata de peligrosas curvas y grandes pechos que le ha regalado las más sorprendentes aventuras de su dilatada vida sexual. En el hospital le habla y ella aún puede escucharlo, aunque está hasta el culo de morfina debido a un cáncer que ha invadido cada recoveco de su cuerpo. Conversan sobre aquella vez que mearon el uno sobre el otro, lloran y, momentáneamente, son felices. Sabbath abandona el hospital y dos horas después un coágulo mata a su amante. Desequilibrado y, gracias a un antiguo amigo, con dinero, Mickey decide ir a buscar al cementerio familiar su propia tumba, a ser posible junto a la de sus padres o, al menos, con vistas a la fosa familiar. Así que paga su agujero para la eternidad y pone rumbo, bien entrada la noche y utilizando la bandera americana que cubrió la tumba de su hermano como vestimenta, hacia un nuevo cementerio, donde han enterrado a su amante croata. Una vez allí, Sabbath, fiel a su estilo, decide recordarla como, por otra parte, a ella le hubiese gustado: meando sobre su tumba. Entonces un policía lo ve y lo sube al coche patrulla. Nada extraño, por cierto, si te dedicas a regar cementerios con orina y, además, el policía resulta ser el hijo de su amante. Sabbath, que lo reconoce al instante, ve en su ira una oportunidad para acabar con su vida y no duda en suplicarle que le dispare, pero no lo consigue.

Philip Roth no matará a su titiritero.

Lo imagino leyendo a Cioran: «Llevar un nombre es reivindicar un modo exacto de hundimiento». Maldito final para un excelso peregrinaje hacia el infierno. La desdicha de Mickey Sabbath continuará más allá de la novela. Roth me explicó qué era la muerte, pero Sabbath significaba hundimiento.

José Luis Pérez Torres. (Ocultalit.com)


 

Textos

En la esquina de Shear Shop giró en dirección a Battle Mountain. Le resultaba difícil escuchar la voz que le aconsejaba paciencia son Los tipos maternos. No podía dejarla escapar. Jamás podía permitir que se le escapara un nuevo descubrimiento. La médula de la seducción es la persistencia. La persistencia, el ideal jesuítico. El ochenta por ciento de las mujeres cederán bajo una presión tremenda si la presión es persistente. Has de entregarte a la jodienda de la misma manera que un monje se entrega a Dios. La mayoría de los hombres tienen que encajar la jodienda entre los límites de lo que para ellos son preocupaciones más acuciantes: ganar dinero, el poder, la política, la moda, sabe Dios qué otras cosas… el esquí, por ejemplo. Pero Sabbath había simplificado su vida y acomodado las demás preocupaciones alrededor de la jodienda. Nikki le abandonó, Roseanna estaba harta de él, pero en conjunto, para un hombre de su posición social, había tenido un éxito increíble. El ascético Mickey Sabbath, todavía dedicado a ello a sus sesenta y tantos años. El Monje de la Jodienda. El Evangelista de la Fornicación. Ad majorem gloriam Dei.

[…]

Incluso detrás de la mampara, Sabbath podía tener un atisbo del público desde ciertos ángulos, y cada vez que veía una muchacha atractiva entre la veintena aproximada de estudiantes que se habían detenido a mirar interrumpía el espectáculo o lo finalizaba con rapidez, y los dedos se ponían a susurrar entre ellos. Entonces el dedo más audaz, un dedo corazón, avanzaba poco a poco, con aplomo, se asomaba graciosamente por encima de la pantalla y hacía una seña a la muchacha para que se acercara. Y ellas lo hacían, unas riendo o sonriendo como buenas chicas, otras serias, impasibles, como si ya estuvieran ligeramente hipnotizadas. Tras un intercambio de cháchara cortés, el dedo iniciaba un interrogatorio serio, le preguntaba a la joven si había salido alguna vez con un dedo, si su familia aprobaba a los dedos, si a ella misma un dedo le parecía deseable, si imaginaba la posibilidad de vivir feliz sólo con un dedo… y entretanto la otra mano empezaba sigilosamente a desabrocharle la prenda exterior o bajarle la cremallera. En general, la mano no iba más allá. Sabbath tenía el buen criterio de no importunar y el interludio terminaba como una farsa inocua. Pero a veces, cuando Sabbath juzgaba por las respuestas de la muchacha que era más juguetona que las demás, o que su fascinación era excepcional, el interrogatorio se volvía bruscamente licencioso y los dedos procedían a desabrocharle la blusa. Sólo en dos ocasiones los dedos retiraron el cierre de unos sostenes y sólo una vez trataron de acariciar los pezones al descubierto. Y fue entonces cuando detuvieron a Sabbath.

[…]

MUERE MORRIS SABBATH, TITIRITERO, A LOS 64 AÑOS Morris «Mickey» Sabbath, titiritero y en el pasado director teatral que dejó una leve huella y luego desapareció de los escenarios más experimentales de Broadway para ocultarse como un criminal perseguido en Nueva Inglaterra, murió el martes en la acera ante el número 115 de Central Park Oeste. Se había caído desde una ventana del piso dieciocho. La causa de la muerte fue el suicidio, afirma Rosa Complicata, a la que el señor Sabbath sodomizó momentos antes de quitarse la vida. La señora Complicata es la portavoz de la familia. Según la señora Complicata, el señor Sabbath le había dado dos billetes de cincuenta dólares para realizar actos depravados antes de arrojarse por la ventana. «Pero él no tiene polla dura», dijo la corpulenta portavoz con lágrimas en los ojos.

[…]

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Philip Roth. El teatro de Sabbath

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