Recuerdo que me emocionó verlo entrar a nuestra clase. Vestía siempre un traje gris y corbata, se sentaba frente a nosotros y comenzaba a hablar del tema que le interesaba a él, que podía coincidir, o no, con lo que pautaba el programa. Era muy tímido, tremendamente amable, un poco tartamudo y, de pronto, se abría en una sonrisa casi infantil donde exhibía su placer por lo que estaba contando. Así, frente a la clase, con su portentosa memoria de ciego podía, a veces, pasarse horas recitando poemas en anglosajón…

Clara Obligado (A través de «Lecturas sumergidas»)