La buena educación

Un salvavidas contra el vacío”. No encuentro mejor definición de lo que puede suponer la cultura, el conocimiento, para un individuo concreto en cualquier época de la historia. De lo que unos padres pueden trasmitir a sus hijos con un cierto tipo de educación que siempre comenzará en casa, peleando contra el aburrimiento y los caprichos de las modas, contra el hedonismo de corto alcance que es consustancial a los humanos desde la niñez.

Hubo un tiempo o, más correctamente, siempre ha habido ciertas personas en cualquier tiempo (también ahora mismo) que han desafiado las imposiciones del momento educativo y de forma autodidacta han decidido enseñar a sus hijos lo básico: leer y escribir, mirar.  Han desdeñado las actividades extraescolares si no eran perseguidas con una pasión concreta y han preferido leer en alto algunos textos, ver juntos algunas películas, empeñarse en que algunas ideas o relatos fuesen correctamente puestas por escrito, jugar a algo realmente divertido, dejar experimentar también el tedio para aprender a emerger de él como quien saca la cabeza del agua y es consciente de la frescura del aire. Quizá aprender griego para leer a Platón pero no chino porque esté de moda; quizá aprender baile o música o hacer deporte para divertirse o por pasión pero nunca porque es lo que hace todo el mundo o como forma de matar el tiempo cuando no se sabe qué hacer con él.

Aprender para gozar de algunos regalos inesperados que van unidos a los caminos que surgen de dentro, que de verdad responden a lo que se quiere o a lo que se necesita. Descubrir desde el principio que la vida va en serio y que las elecciones son significativas en un mundo  que nunca será demasiado plácido, que siempre habrá que tolerar y valorar como es, aunque se quiera cambiar, sin impugnar el presente, que siempre será lo único que tengamos.

Leer a Steiner de madrugada, después de pisar la ciudad mojada y vacía, de tratar de dar un poco más de aire a un viejo anegado que todavía quería vivir. Las manos que nos sostienen, los vivos y los muertos, la red que nos sustenta en el vacío. La fascinante erudición que algunos pudieron conseguir en una universidad verdadera y desde la que irradian una serenidad posible que llega como un rayo de luz y conecta tiempos y expectativas…

Ramón González Correales

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