Escuchar un poema, a diferencia de leerlo impreso, supone una pérdida enorme —de la forma, la puntuación, las cursivas y hasta de saber cuánto falta para que termine. Leerlo en la página significa que puedes ir a tu propio ritmo, asimilándolo como corresponde; escucharlo implica que eres arrastrado por la velocidad del lector, pasando por alto cosas, no considerándolas, confundiendo ahí [there] por sus [their] y cuestiones de ese tipo. Y entre ti mismo y el poema, el lector puede interponer su propia personalidad, para bien o para mal. Y lo mismo la audiencia. No me gusta escuchar cosas en público, incluso música. De hecho, pienso que las lecturas de poesía establecen una falsa analogía con la música: el texto es una «partitura» que no «cobrará vida» hasta que sea «interpretado». Es falso porque las personas leen palabras, pero no música. Cuando escribes un poema, pones en él todo lo necesario: el lector debería poder «escucharlo» de un modo tan claro como si estuvieras a su lado recitándoselo. Y, por supuesto, esta moda de las lecturas poéticas ha hecho que nazca esa especie de poesía que puedes entenderla a la primera: ritmos fáciles, emociones fáciles, una sintaxis fácil. No creo que eso se sostenga en el papel.
Philip Larkin