De una manera u otra, la escritura del poema tiene que transcurrir con un orden, según unos cánones basados en la racionalidad. Para escribir poesía no suele ser útil dejar el sentimiento sin el control de la razón (el «cuando escribo que lloro no hace falta que llore» de Voltaire. Y ninguna pretensión con respecto a la originalidad: si bien estoy de acuerdo en líneas generales con Hardy cuando dice que «lo único que podemos hacer es escribir sobre las cuestiones de siempre en los estilos de siempre, pero intentando hacerlo un poco mejor que los que nos han precedido», lo matizaría diciendo que existimos como poetas gracias a lo que hicieron nuestros antecesores en las diferentes tradiciones. Y que, en el mejor de los casos, añadiremos una modesta pincelada a este friso que es la historia de la poesía.
No parece que pueda haber aprendizaje de la poesía lejos de los grandes poetas que nos han precedido, porque el aprendizaje de la poesía tiene esto en común con todas las didácticas: empezar copiando, es decir, empezar conociendo todo aquello que es importante y ya se ha escrito. Imitar y leer los grandes poetas. […] Y no olvidar en ningún momento las herramientas básicas, insoslayables para escribir poesía: gramática, métrica y retórica. Nada más equivocado que decidir pasar de largo de estos aprendizajes en nombre de una pretendida modernidad que no será más que una inútil apología de la ignorancia. […] Es la parte del aprendizaje de la poesía que se puede enseñar. Es una parte fundamental, pero ella sola no sirve para escribir un buen poema. Esto en matemáticas se le llama una condición necesaria pero no suficiente.
Todo el resto del aprendizaje pertenece al poeta y a nadie más. A su soledad, sin más guía que los clásicos para desarrollar la capacidad de inspiración y la capacidad de autocrítica, que son los dos bienes más preciados para escribir poesía.
Joan Margarit. Nuevas cartas a un joven poeta